Garganta Profunda 33 años después de Watergate
Treinta y Tres años después, acaba de revelarse la identidad de «Garganta Profunda» (Deep Throat), el informante secreto que nutrió la campaña de los periodistas Robert Woodward y Carl Bernstein, de The Washington Post, sobre el escándalo Watergate. Dicha campaña, desplegada a lo largo de 26 meses, reveló en todos sus detalles la trama oculta del espionaje en las oficinas centrales del Partido Demócrata situadas en el edificio Watergate de Washington. En la madrugada del 17 de junio de 1972 cinco espías fueron detenidos en dicha sede mientras instalaban micrófonos ocultos y microfilmaban documentos. En la otra punta de la historia, el presidente Richard Nixon se vio obligado a renunciar el 8 de agosto de 1974, dos años antes de finalizar el mandato para el que había sido reelecto. En el medio se sitúa la investigación periodística. Nunca en la historia de Estados Unidos había sucedido un episodio semejante.
En la interesante versión cinematográfica de «Todos los hombres del Presidente» (Alan Pakula, 1975) con el dúo actoral Robert Redford-Dustin Hoffman, el misterioso personaje aparece apenas como una sombra en un garaje sombrío. Otra repercusión, en un terreno completamente distinto, es que alguno de los espías de Watergate participó ulteriormente en los operativos criminales del Plan Cóndor en el sur de América.
Lo que nos importa destacar es que el trabajo de Woodward y Bernstein constituye una cumbre del periodismo de investigación, digno de convertirse en detenido objeto de análisis.
Es un modelo de periodismo que se propone buscar la verdad oculta, soterrada y guardada bajo siete candados hasta descubrirla por completo con el fin de entregarla al público. Es el fruto de un trabajo ahincado, persistente, desenvuelto con inteligencia y fervor, para descubrir lo que el poder de turno procura ocultar a toda costa, para sortear todos los obstáculos interpuestos de modo que el órgano de comunicación que lo recoge cumpla su función social de difundir la verdad a los lectores. Bien sabemos que un papel fundamental le cabe, en este camino, a la búsqueda de la fuente adecuada y su utilización de acuerdo a las normas éticas de la profesión. Toda esa historia apasionante revive ahora cuando, el 31 de mayo, a los 91 años de edad, el ex Nº 2 del FBI (Federal Board of Investigations) Mark Felt resuelve salir del anonimato. Se aventa así la amplia gama de especulaciones que rodearon el episodio secreto, la masa de nombres lanzados al barrer, que incluían -créase o no- al propio Kissinger…
La verdad, investigada y confirmada, y su amplia difusión en las páginas de la prensa que cumple de este modo su función social, se transforma en un instrumento de lucha contra la corrupción en todas sus formas. En este caso se evidenció el espionaje político, el soborno y el uso ilegal de fondos por parte del gobierno del Partido Republicano. Las grabaciones demostraron además -aspecto reflejado en la película- que Nixon realizó ingentes esfuerzos para desviar el curso de la investigación. Tenía razón Nick Jones, nieto del hombre del día, a quien vimos por TV proclamar con legítimo orgullo que su abuelo había ido «más allá de su deber, bajo enorme riesgo personal, para salvar a su país de una enorme injusticia».
El significado de este episodio se ve realzado en el mundo actual. Hay periodistas de esa misma estirpe que también enfrentan con valentía los desbordes del poder. Está Giuliana Sgrena, a la que le tiraron a matar las tropas de ocupación en Irak para que no contara la verdad sobre el arrasamiento de Faluya por métodos hitlerianos. Están los reporteros de varias nacionalidades muertos o presos en Irak por denunciar los crímenes de las fuerzas yankis, un día tras otro. Están los periodistas que denunciaron y documentaron las torturas bestiales en las cárceles de Abu Ghraib y Guantánamo (que Bush tiene la osadía de negar) y los fusilamientos a quemarropa de prisioneros que se desangraban, y los que en otro ámbito, como Alicia Herrera, comprobaron las andanzas criminales de los terroristas Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, hoy protegidos por el gobierno norteamericano.
Pero también están los otros. Los que viajan encamados con las tropas de ocupación y escriben al dictado de los mandos militares; los que mienten o desfiguran los hechos al servicio del poder; los que en su hora fungieron como periodistas estrellas hasta descubrirse que sus historias exclusivas eran inventadas; e incluso existe algún presentador de TV de primer plano durante décadas que reconoce al término de su carrera que en gran medida al público se le ha estado falseando y deformando los hechos.
En contraste con éstos, la labor de Bob Woodward y Carl Bernstein, que ahora vuelve a brillar con luz propia, rescata la dignidad de la profesión de periodista en su sentido cabal. *
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