En informe publicado en LA REPUBLICA hace unos dÃas revelaba una situación que alarma a los vecinos de 8 de Octubre y Garibaldi: una banda compuesta por entre cinco y siete niños cuyas edades no superan los diez años se dedica a cometer todo tipo de tropelÃas. Arrebatos, asaltos, amenazas, agresiones, son algunas de las prácticas habituales a que se dedican estos niños bajo la atenta vigilancia de mayores.
Como era previsible, la nota en cuestión operó como disparador para que se conociera que la situación descrita se repetÃa en otros cruces de la avenida 8 de Octubre, y que se conformara una comisión barrial para enfrentar el problema. En definitiva, en innumerables puntos de la ciudad es posible asistir a esa triste realidad.
El problema de la pobreza, la marginación y la delincuencia juvenil no es de ahora. En el Uruguay próspero de los años cincuenta también habÃa cantegriles, miseria, delincuencia y menores infractores. Pero el crecimiento exponencial del número de uruguayos en situación de pobreza que se verifica desde hace unos años, ha hecho que la situación adquiera caracterÃsticas explosivas. Año a año, las cifras del Instituto Nacional de EstadÃstica confirman los escandalosos porcentajes de pobreza e indigencia con la agravante del fenómeno de infantilización de la pobreza.
Las consecuencias de ese deterioro material son por todos conocidas. Diariamente, y corriendo el riesgo de terminar por acostumbrarnos al espectáculo, podemos ver a esos miles de niños dedicados a actividades que, en el mejor de los casos, se vinculan con el pedido de limosna o la limpieza de parabrisas; pero cada vez más, los menores –la mayorÃa de las veces actuando por orden de mayores– atraviesan la lÃnea divisoria y caen en infracciones previstas en el Código Penal.
Son numerosas las acciones emprendidas desde el Estado para atender esta dolorosa realidad, para lo cual ha contado con el valioso aporte de organizaciones no gubernamentales. El Plan de Emergencia puesto en práctica por el gobierno actual es un primer paso hacia el rescate de los uruguayos excluidos y apunta a no limitarse al mero asistencialismo. Del mismo modo, el Plan Invierno instrumentado por la IMM, al tiempo que brinda cobijo, intenta desarrollar una importante y plausible tarea de reinserción social.
Pero es preciso no olvidar que el origen del drama que viven tantos compatriotas hay que buscarlo en el desempleo, el desarraigo, el bajo nivel de ingresos, las dificultades para cumplir con la responsabilidad paterna, el descaecimiento de los patrones morales y de los principios. Y todo ello configura un cÃrculo vicioso del que resulta prácticamente imposible escapar. Pensemos que para una considerable mayorÃa de hogares, mantener a los jóvenes hasta que concluyan sus estudios resulta un lujo que no pueden darse, por lo que los hijos deben ocuparse de contribuir a los ingresos del núcleo familiar. En tales circunstancias, lo más probable es que abandonen los estudios, con lo cual esos niños y jóvenes uruguayos ven cerrarse las posibilidades de acceder a un empleo digno.
Entonces, si no se ataca el huevo de la serpiente, si no se modifican las condiciones económicas, sociales y culturales que impulsan a los niños a desertar del sistema educativo, estaremos condenados a reproducir el fenómeno indefinidamente pues la usina generadora de miseria y exclusión se mantendrá intacta. *
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