Después de la minicumbre de Brasilia

En todas las notas que leí de la periodista de la BBC en Brasilia, Valentina Alvarez, pude encontrar un dejo de escepticismo, por no decir mala voluntad. Vaya uno a saber por qué. Hoy su nota la titula «Brasilia: política y pocos negocios», aludiendo veladamente a un supuesto fracaso de esta pequeña cumbre. Yo no soy ningún especialista en Medio Oriente ni en el Mundo árabe, pero soy tan afortunado que tengo muchísimos amigos de casi todo el mundo musulmán. Esto me ha servido para aprender a respetar una cultura ancestral que pese a sus contradicciones, guarda en su seno contenidos altamente humanistas. Basta releer las diferentes crónicas sobre las Cruzadas, para entender esto. Volviendo a lo nuestro, es cierto que hubo muchas declaraciones políticas, pero lo que hay que saber es que para un árabe la negociación en sí es sagrada. Es una absoluta falta de educación en el mundo árabe abordar un tema de negocios sin los preámbulos que ponen de manifiesto que lo importante es «usted», la persona, el ser humano. Negarse a negociar o discutir es casi un insulto, porque eso se traduce en el mundo árabe como un menosprecio por la persona.

Este acercamiento entre mandatarios de dos mundos diferentes tiene una importancia internacional tremenda. Baste observar la reacción del gobierno de Bush y lo apurada que salió de gira la señora Rice. Las declaraciones políticas de esta reunión se pueden resumir diciendo que se trató de reconocimientos mutuos y de la presentación de las políticas internacionales de cada país, una forma de decir, «en esta estamos nosotros». Dentro de mi alma pueblerina, esta reunión despertó sentimientos alegres y tiernos, vinculados a mi juventud, cuando estalló la guerra de los Seis Días. Por aquella época solía ver a un grupito de personas que en nuestra plaza jugaban al dominó, creo que era dominó. Era gente conocida en el pueblo, pues casi todos ellos tenían tiendas de ropa. Un día desaparecieron de la plaza. Yo era por ese entonces un muy activo gremialista estudiantil y curioso de la política internacional. Un día de esos pasé por la puerta de la tienda de N (no quiero poner el nombre porque en Flores todos nos conocemos). Yo, como buen gremialista, quería tener noticias de primera mano sobre el conflicto en Medio Oriente, así que aproveché la oportunidad y saludando a N, le pregunto de manera hiperbólica, «y ¿cómo está la cosa?» N, entre triste y rabioso me dice, «y cómo va estar, Quinterito, por culpa de la mierda esta del petróleo, no podemos jugar al dominó». Claro, no todos pertenecían al mismo bando en pugna, pero en el fondo ellos se necesitaban mutuamente, por encima de los conflictos bélicos. Muchos años después volví apurado al pueblo, pues andaba en trámites de matrimonio y N me abrió su tienda un sábado de tarde para que pudiera comprarme el traje para el casamiento. Muchas veces sucede que detrás de las grandes consideraciones políticas se esconden razones sencillas, humildes, que arrojan más luz sobre los hechos que mil tratados de politología, sociología y todas otras logías. Por la casa de mi abuela solían llegar estos «turcos» que nunca venían de Turquía, porque en realidad eran libaneses, palestinos o egipcios. Para mí era siempre motivo de regocijo, pues algo compraba mi abuela, en general para mí, pero además, de aquellas dos maletas enormes surgían a la luz las cosas más increíbles y llamativas. Hilos de colores, telas raras por su textura, cintas de colores. No recuerdo que alguna vez uno de estos «turcos» estuviera menos de una hora en casa de mi abuela, aunque la venta fuera casi nula. Lo que sí recuerdo era esa extraña confianza que depositaban estos viajantes en personas casi desconoocidas o desconocidas totalmente; «¿no tiene plata? No se preocupe, después me paga». Este tipo de relaciones ha desaparecido. Hoy vamos al «shopping», compramos y no sabemos quién es el que nos vende. Firmamos acuerdos internacionales, cartas de intención, préstamos, pero nadie nos pregunta si tenemos o no tenemos plata, y nadie nos dice «después me paga».

Al contrario, cuando vienen los vencimientos exprimen a los pueblos para sacarles la última gota de agua y sangre. Visto desde mi hipotética placita de pueblo chico, esta reunión me llena de esperanzas, aunque no sé si nos van a comprar algunos quilos de carne. El optimismo me lo da el mismo Lula, quien de una manera muy inteligente aseguró que los palestinos tienen derecho a un Estado soberano, que Israel era una necesidad para la humanidad y que el terrorismo no es más que la manifestación violenta de la pobreza y desigualdades que reinan en el mundo. Dentro de tres años nos veremos en Marruecos; entonces sí podremos decir si fue un fracaso o no. *

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