Sobre las propuestas de reforma constitucional

El tema fue planteado por la diputada Lucía Topolanski. Propuso unir de nuevo las elecciones municipales con las nacionales y suprimir el balotaje. Otros dos asuntos también importantes se mencionan: el voto en el exterior y la reelección presidencial.

América Latina tiene fiebre de constitucionalismo. Es decir, de votar constituciones y luego o cambiarlas o no respetarlas por mucho tiempo. Es claro que se trata de la norma de más jerarquía dentro del ordenamiento legal. Los países con democracias más estables no la modifican con frecuencia. Se entiende que la permanencia de las disposiciones de esta naturaleza es más importante que cambiar, aunque puedan redundar las reformas en una mayor calidad. Se da primacía a la continuidad de la norma.

En general se prefiere que las constituciones cuando se aprueban, tengan un amplio consenso político y social. Es decir que de esa forma, al ser consagradas, cuenten con apoyo significativo. Ambos elementos, el de la estabilidad jurídica y el consenso amplio, pueden ser esgrimidos para rechazar cualquier propuesta de reforma constitucional que proponga el gobierno. Sin embargo, los partidos tradicionales no tenemos antecedentes para descalificar una iniciativa de este tipo por esos motivos.

La última reforma que propusimos, y logramos consagrar, fue aprobada por una mayoría que no llegó al cincuenta y uno por ciento. Y en ella se introdujeron en nuestro sistema electoral reformas de fondo, incluso alejadas de nuestras tradiciones. Esto es, candidato único por partido, balotaje, elecciones internas obligatorias, separación entre comicios nacionales y departamentales.

Si se quiere ser coherente corresponde, en caso de que al final se articule una propuesta, analizar los contenidos, expedirse sobre los mismos y actuar en consecuencia.

Ello no impide recordar hasta qué punto dirigentes frenteamplistas están incorporados a las tradiciones de la política uruguaya en particular y de América Latina en general. Llegan al gobierno y en vez de acentuar su acción en lo social, reformas económicas o estructurales, piensan apenas concluido el período electoral, en reformas de ese tipo.

Vamos, pues, a los contenidos de la propuesta. La separación de elecciones municipales y nacionales no dio los resultados esperados. La instancia local fue promovida como un intento de consagrar una mejor movilidad en el sistema político. Mayor posibilidad de permear este a las demandas y figuras que surgieran de la sociedad civil. Ninguno de estos efectos beneficiosos, o al menos buscados, se dio en la práctica. Las intendencias no resultaron un factor de renovación del sistema. El grado de reelección siguió siendo alto, en los mismos márgenes que antes. Esto todo caso, en términos generales, se acompaño la tendencia de la elección nacional anterior.

Frente a esta situación, los resultados negativos están claros. Se prolonga un tiempo electoral en forma excesiva para las costumbres de nuestro país. El gasto en el esfuerzo electoral, tema no menor a pesar de algunos comentarios, se amplía. Uruguay tuvo durante muchos años una sola elección cada cuatro o cinco años. Ello es bueno, en la medida que se juzga una gestión de gobierno por todo el período. No se vive en un constante proceso de ese tipo. Se articulan mejor los acuerdos. Fue este un factor importante para asegurar la estabilidad del sistema.

El tema económico es importante. Y no solo por el costo de la actividad electoral para el país en su conjunto. Que también tiene significación. Ocurre que a veces lo más democrático termina obteniendo el resultado inverso al esperado.

Seamos claros. Si la actividad electoral resulta cara al final se oligarquiza. Es difícil para muchos dirigentes y colectividades disponer de recursos para realizar tres elecciones en poco más de un año. En consecuencia quien no tiene «apoyos económicos» poderosos queda en una clara desventaja.

Por todo ello creemos que es necesario unificar las elecciones nacionales y municipales pero haciendo posible que se vote en hojas separadas. Dejando que el elector tenga libertad en cada instancia de sufragar a distintos partidos si lo prefiere.

El otro aspecto es el del «balotaje». Digamos que la práctica y tradición electoral del país es contraria a este método. Que fue introducido en Francia y responde  a la inversa de lo que siempre se propugno en Uruguay- a priorizar la figura del candidato por encima de la colectividad.

Cuando se difundió el sistema, se aplicó con diferentes procedimientos para la elección parlamentaria. Sin embargo en general resulta lógico comprender que el ideal, cuando hay «balotaje», es que la elección parlamentaria no tenga representación proporcional. Es decir, que se elijan estos por el mismo procedimiento que el Poder Ejecutivo.

Pienso que en Uruguay, eliminar el «balotaje» hoy tendría otro efecto positivo. Propendería a un sinceramiento del sistema político. Colorados y blancos, o unifican la propuesta electoral, o se resignan a ser colectividades testimoniales en el futuro.

Tiempo habrá, lo que puede resultar corto es el espacio, para comentar las consecuencias de una reelección presidencial y el voto del exterior. Lo haremos, si seguimos teniendo la posibilidad de expresar nuestras opiniones en este medio, en una próxima oportunidad. *

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