Sobre la muerte de Alvaro Ortiz y la duda instalada
Seguramente el comisario Pablo Lotito -responsable de la comisaría de Carmelo- es uno de los mejores comisarios de las seccionales del departamento. Seguramente los policías de la seccional son los mejores funcionarios. A muchos los conocemos, son vecinos, se criaron junto con nosotros. Otros llegaron y se quedaron, y también mostraron ser buena gente. Seguramente dedican su vida a su trabajo, les gusta ser policías aunque ganan sueldos espantosamente indecorosos con los que decorosamente sostienen a sus familias. Seguramente el Jefe de Policía tiene las mejores intenciones y cree ciegamente en que están dadas todas las garantías en el caso de Alvaro Ortiz. Seguramente en el ámbito de la justicia estemos ante hombres probos que no están dispuestos a tapar injusticias y seguramente el dictamen que finalmente se conozca sobre la muerte del joven Alvaro Ortiz -presuntamente ahorcado en la comisaría el viernes 29 de abril- señale que el muchacho tuvo un rapto de desconcierto ante su detención, y por esas cosas insondables de la mente humana que llevan a un individuo a tomar una drástica decisión en segundos, Alvaro Ortiz optó por quitarse la vida y colgarse con su buzo de un lugar imposible en la celda de seguridad en la que fue colocado. Pero sucede que venimos de una sociedad con instituciones en estado de sospecha y ante un hecho de estas características, los hombres que integran estas instituciones inmediatamente quedan bajo sospecha para el colectivo social.
Y todos tenemos dudas. Dudamos del comisario y de los funcionarios, de los que sabemos honestos y de los que hoy se hacen los garantistas pero los conocemos y no muchos años atrás los vimos descargando el palo sin piedad sobre la espalda de muchos jóvenes en las razzias o sobre los militantes políticos. Dudamos que se haya ahorcado con un buzo, dudamos que lo haya hecho sentado, dudamos que por dos damajuanas de vino Alvaro haya decidido quitarse la vida, dudamos cuando descubrimos que a los dos que detuvieron junto a él los desparramaron en calabozos de El Cerro y Nueva Palmira y dudamos más cuando pasan casi dos horas antes que le avisen al padre que su hijo está muerto.
Dudamos, aunque la nueva democracia que conquistamos en octubre tenga una filosofía diferente, sabemos que va a costar muchos años sacarle a la policía esa estructura mental represiva que se inculcó a sus cuadros durante los últimos 50 años.
Dudamos porque para esta policía los jóvenes son siempre peligrosos «sospechosos de algo», carne de aprietes, amenazas y golpes. Para esta policía de pueblo chico, todavía los jóvenes son un puñado de faloperos, borrachos que se desmadran después de las 10 de la noche, especialmente los fines de semana.
Dudamos porque sabemos que hay un trato diferencial cuando los Alvaros que caen en la comisaría son «hijos de» o son Alvaros pobres que viven en asentamientos, aunque a ambos se les constate el mismo grado de alcoholemia.
A esa policía, los gobiernos de los últimos 50 años la deshumanizaron, embrutecieron a los funcionarios inculcándoles códigos más propios de militares que de la guardia civil, los analfabetizaron para la vida en sociedad enseñándoles que el ciudadano es un potencial enemigo y no alguien al que se debe servir, los obligaron al multiempleo al multihorario, al multiesfuerzo personal y familiar para sobrevivir y los marginaron al hambre y la miseria. Los convirtieron en pobres para enviarlos a luchar contra otros pobres iguales que ellos. Por eso nuestro país tiene en proporción una población en la cárcel mayor a la de cualquier sociedad civilizada. Y en donde todos perdemos, menos los que ganan siempre. Los transformaron en una institución manejable, fácil de controlar para una forma de hacer política, para una forma de hacer negocios, para una forma de cometer crímenes con impunidad, que murió el pasado 1 de marzo.
Por eso hoy la policía esta «en off side» y ante un hecho como el ocurrido con Alvaro Ortiz, la sociedad se puebla de dudas. Y ante la duda instalada, el estado de sospecha sobre los funcionarios de la institución policial es inevitable.
Después de este hecho creemos que no habrá forma de garantizar la tranquilidad social en Carmelo que no sea la inmediata remoción del comisario de esa seccional, el blanqueo de los policías que actuaron esa noche y el traslado y/o retiro de los mismos. Ya no importa qué diga la Justicia, qué es lo que muestre la autopsia porque ya es tarde para explicaciones: la duda ya está instalada y la sombra de la brutalidad policial está en el inconsciente colectivo de los carmelitanos.
No hay otra forma, por más empeño y garantías que dé el Jefe de Policía, por más esfuerzo que ponga el ministro del Interior y por más informes que entregue la Justicia. Ya es tarde para dar explicaciones y en la nueva democracia la sociedad no admite dudas, exige transparencia y claridad.
Porque mientras eso no ocurra, seguirán apareciendo cuerpos como el de Alvaro, boca abajo, semidesnudos, portando un gran signo de interrogación, tirados en el piso de cualquier comisaría. *
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