Ocho crímenes y el dictador Bordaberry
El 17 de abril se cumplieron 33 años del salvaje asesinato de ocho militantes del Partido Comunista, en su Seccional 20. Las Fuerzas Conjuntas de la época –aún no estábamos en dictadura– cercaron dicha Seccional e hicieron salir a los militantes que custodiaban el local. Con los brazos en alto fueron forzados a ponerse en fila, siendo fusilados por la espalda. A muchos de ellos los dejaron desangrar durante horas, impidiendo inclusive la asistencia médica.
La masacre cometida por las Fuerzas Conjuntas contra hombres desarmados e indefensos, cuyo único delito era custodiar un local político en épocas de atentados, mereció el repudio de la mayoría de la población. Hoy, a 33 años de ese luctuoso episodio, todavía no se ha hecho justicia. También fue herido mortalmente el capitán Busconi, quedando comprobado que las balas pertenecían a armas de grueso calibre, usadas por las Fuerzas Conjuntas.
La ferocidad y la insania con la que se actuó, demostraba el sentimiento de impunidad que prevalecía en el gobierno de la época, presidido por Juan María Bordaberry. También oficiales de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior acompañaron, sin titubeos, la doctrina del terrorismo de Estado.
Es importante recordar que estos crímenes fueron hechos catorce meses antes de que se implementara el golpe de Estado, por parte de Juan María Bordaberry y las Fuerzas Conjuntas, por lo que los homicidios de la 20 no están comprendidos en la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado.
Espero, con confianza, que realmente se haga justicia y que el o los responsables de esos atroces asesinatos sean procesados.
Ha llegado a mi poder un libro llamado «Las Opciones», donde se recopila la exposición formulada por el dictador Juan María Bordaberry en noviembre de 1979 en Chile, donde su colega, Augusto Pinochet, desangraba a su pueblo.
Es un documento que a las alturas de los tiempos que vive la civilización y el hombre, asombra. Al leerse cada palabra, cada frase, surge el contenido de una filosofía retrógrada, corporativista y fascista que cuestiona la democracia liberal y se juega por el autoritarismo, que según él, debe estar radicado en las FFAA. Justifica además haber colaborado con el golpe de Estado, cuando dice:
«En el Uruguay se dio una circunstancia única, como es la de que un civil quedara al frente del proceso en la Presidencia de la República, tal era mi caso. Esta situación especial fue consecuencia del hecho de que, al darse las circunstancias que justificaron la intervención de las Fuerzas Armadas había un civil en el ejercicio de la Presidencia de la República que compartía absolutamente la necesidad de romper con las tradicionales ataduras institucionales que impedían el enfrentamiento exitoso con el marxismo. Yo consideré que mi deber era precisamente permanecer al frente del proceso, colaborando con éste…»
Como vemos, el dictador se hace responsable del golpe de Estado y por supuesto de todas sus consecuencias, inclusive digo yo la de los crímenes, torturas y vejaciones que vivieron miles de compatriotas. Continúa diciendo:
«La ubicación del poder, es en esencia, el gran cambio que se produce con la intervención de las Fuerzas Armadas: él pasa de los Partidos Políticos a ellas, que lo asumen. De este hecho se desprenden las consecuencias más importantes, esto es, la disolución de los órganos parlamentarios, el desplazamiento de las autoridades administrativas, etc.»
Admirador de Francisco Franco, de quien dice que España vivió «40 años de paz…». Por supuesto absolutamente complaciente con las dictaduras en el Cono Sur, como en Chile, Argentina y Brasil.
Cuando se abrían esperanzas para «un pronto retorno a la normalidad» en nuestro Uruguay, él afirmaba: «…más bien hay normalidad institucional ahora y no antes», refiriéndose al proceso autoritario que él tanto defendía.
Su preocupación constante de que no funcionaran los Partidos Políticos en el Uruguay se reflejaba en esta frase: «Si realmente, en nombre de la concepción que de él tiene el liberalismo, se va a transferir de las Fuerzas Armadas a los Partidos Políticos, para ser disputado integral, totalmente, cada pocos años, quien detente ese poder tendrá fuerza suficiente para eliminar todas las «protecciones» que nuestra inventiva encuentre para la democracia. Al poco tiempo estará habilitado el comunismo como partido político y si el poder ha sido efectivamente transferido por las Fuerzas Armadas, ellas no tendrán medio alguno para impedirlo. Al contrario, si han retenido fuerzas suficientes como para ello, la democracia liberal no es tal.»
Reafirmando su concepción antidemocrática y autoritaria expresa en la página 41: «A mí mismo, el 27 de junio de 1973, cuando firmé la disolución de las Cámaras, no me tembló la mano, por cierto, porque tenía plena convicción de lo que estaba haciendo.»
Ya en las «conclusiones» de su inaudita y febril concepción, documentada en el libro mencionado, manifiesta: «La existencia de una autoridad permanente importa la necesidad de una nueva definición del Poder Público el que deberá reconocerse en las Fuerzas Armadas y no ser disputado más integralmente cada pocos años entre los partidos políticos.»
Se escuda, repetidamente, en los principios cristianos del orden político, pero al mismo tiempo proclama los principios de autoridad, de unidad nacional y acuerda que en países americanos –dictaduras– «Las Constituciones y sus ficciones quedaron de lado». El contenido de la página 63 del documento es un valioso elemento para demostrar que el dictador Juan María Bordaberry quería imponer una nueva doctrina política, basada en el despotismo. Pero también es notorio que él asume las responsabilidades por su actuación y la de sus súbditos directos, ya fuera en el breve período que ejerció como Presidente constitucional o más tarde, cuando se proclamó como dictador del proceso.
Reitero, entonces, mi opinión de que el alevoso crimen contra los ocho compañeros de izquierda y comunistas, tiene sus responsables, dentro de los cuales en primera línea está Bordaberry. *
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