INE: las cifras de la vergüenza
El viernes pasado, el Instituto Nacional de Estadística dio a conocer los datos surgidos de la última Encuesta Continua de Hogares.
Los índices y cifras siguen siendo aterradores. Cierto es que durante el año pasado hubo un ligero descenso en el ritmo de crecimiento de la pobreza, pero ese hecho no impidió que aumentara el número de pobres y de indigentes; un 31,2 por ciento de los uruguayos se halla por debajo del nivel de pobreza, y los indigentes suman el cuatro por ciento; hay 900 mil compatriotas pobres, de los cuales 108 mil vegetan en la pobreza extrema.
Quiere decir que casi un tercio de la población tiene carencias materiales de todo tipo: sus ingresos no le permiten acceder a una vivienda decorosa, ni contar con una cobertura sanitaria adecuada, ni lograr un nivel educativo aceptable, ni gozar de otros servicios básicos; y en cuanto a los indigentes, conviene recordar que ni siquiera logran satisfacer sus necesidades alimentarias: sobreviven miserablemente en la subalimentación y el infraconsumo lo que los condena a pasar hambre y frío. Y lo trágico es que si nos atenemos a la distribución de la pobreza según franjas etarias, vemos que se mantiene el alarmante porcentaje de cincuenta por ciento de pobres entre los niños y jóvenes.
La infantilización de la pobreza (o depauperación de la infancia) es un fenómeno constante y hacia allí apunta el Plan de Emergencia, de modo de evitar que estos niños mantengan su condición de pobres al llegar a la edad adulta.
Una vez superada la crisis de 2002, el país viene registrando un cierto crecimiento económico (aumento de las exportaciones, disminución del desempleo), según se desprende de análisis objetivos. Sin embargo, esa recuperación no se traduce en mejora del nivel de vida de la población. Como siempre ocurre en este modelo económico, aunque la torta crezca, son los mismos de siempre los que se benefician de ese crecimiento. Su número, por otra parte, no crece e incluso llega a disminuir, mientras aumenta el de quienes se ven excluidos de la riqueza; entre 1999 y 2004, el número de pobres e indigentes se ha multiplicado por dos.
El discurso de blancos y colorados (y el que practica la prensa neoliberal) atribuye el aumento de la pobreza a diversos factores externos: cracs bursátiles, devaluación del real, recesión de 1999, crisis argentina, etcétera, como si ese tercio de pobres e indigentes se debiera a circunstancias y coyunturas ajenas a la acción de los gobiernos que se sucedieron en los últimos lustros.
Sin embargo –y sin dejar de reconocer la dependencia del Uruguay respecto de los mercados y los centros de poder económico internacionales–, quienes tuvieron a su cargo la conducción de los destinos del país tienen una cuota significativa de responsabilidad en este descalabro social.
Con una frivolidad criminal, apostaron todo a un modelo de país de servicios, paraíso fiscal capaz de captar los capitales originados en actividades delictivas. Siguiendo al pie de la letra las recetas neoliberales, se procedió a desmantelar el aparato productivo y a desatender funciones esenciales del Estado.
Hoy, al leer los datos del INE, podemos calibrar el resultado de estas políticas nefastas –impulsadas por gobernantes irresponsables– en su dramática dimensión. *
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