Ecológicamente hablando

En el campo aprendimos desde muy gurises y hace años, principios ecológicos que ahora aparecen en las conferencias internacionales como disciplinas contemporáneas. Claro, nuestros padres y abuelos no sabían nada de ecología ni de medio ambiente, ni del ozono, ni de la contaminación por polución, ni de los agrotóxicos, ni de la extinción de las especies. Eran algo así como naturalistas autodidactas. Proteccionistas, productores orgánicos y ecologistas sin saberlo.

Pero sí aprendimos sin embargo que algunos bichos rastreros y ponzoñosos, si bien no había que matarlos, había que evitarlos, aislarlos, alejarlos de nosotros para que no nos hicieran daño. Que algunos yuyos parásitos había que arrancarlos y quemarlos para que no desmerecieran la tierra donde luego se plantarían las semillas. Claro, a esta altura usted se preguntará ¿qué diablos quiero decirle contándole estas pequeñas cosas simples de mi autobiografía nunca escrita ni por escribirse?

El artículo 26°, de la sección II , Capítulo 1° de la Constitución Nacional, dice textualmente al comienzo de su enunciación: «A nadie se le aplicará la pena de muerte….». Es decir, en nuestro país, no existe el ojo por ojo y diente por diente que se aplica en algunos otros estados con legislaciones más violentas. Y yo estoy de acuerdo con eso aunque a veces me rechina hacerlo. (Para qué voy a negarle que cuando me entero de algunas cosas, se me despierta algo así como una oculta pasión francorrepublicana «guillotinesca», o castrocubana «paredonesca» o simplemente yanquibushiana «sillaelectrónica» que a mí mismo me asusta). (Cómo puede asustar a algún purista del lenguaje esta terminología).

Pero a pesar de ello, creo que de una vez por todas la sociedad y sus representantes deberían tomar conciencia de lo que nos está pasando, de la tremenda incidencia de la droga en nuestro cuerpo comunitario, de cómo y cuánto se están descascarando nuestras familias y nuestros jóvenes, de cómo y cuánto se están depreciando los valores humanos, de cuánto y cómo nos están destrozando lo más hermoso que tenemos.

Pero además, de cómo y cuánto tiene que ver la droga en sí con el resto de la problemática de la inseguridad ciudadana, las rapiñas, los homicidios violentos, los accidentes de tránsito, la violencia doméstica, la prostitución y la pornografía infantil, la corrupción y la superpoblación carcelaria, la destrucción de hogares, los menores delincuentes, y todo tipo de manifestaciones posibles al margen de la ley.

Entonces, es evidente que existe un motor generador de toda esta situación, más o tan determinante como la marginación, el hambre o la desocupación, más tremendo que cualquier otra justificación o causal que puedan sociólogos o analistas adjudicarle a la proliferación del delito en nuestra sociedad.

Y ese motor generador del caos, es justamente la droga. Entonces, volviendo a ese artículo 26° del capítulo 1°, sección II de nuestra Constitución, quizás estemos en la hora de hacer algunos cambios en él. O se establece excepcional y solamente la no vigencia de este artículo para el caso de los narcotraficantes detenidos, para todos aquellos que comercialicen en su provecho cualquier tipo de droga, ya sea por toneladas o por cien gramos, y directamente se les aplica la pena capital, o se establece una nueva legislación penal.

Y será necesario que estas nuevas normas determinen que quienes sean responsables de tráfico y/ o comercialización de drogas, en cualquiera de sus tipos, clases o cantidades, origen, proceso o estado, mulas internacionales, correos, o simples «minoristas» de barrio o en puertas o cercanías de institutos de enseñanza, o en donde carajo sea, serán condenados a perpetuidad, sin derecho de opción de gracia de ningún tipo, excarcelación anticipada por ningún motivo, ni siquiera de los llamados «humanitarios» por enfermedades o situaciones extremas, aislados en una cárcel especial.

En este centro de reclusión de alta seguridad, deberán trabajar a destajo sin retribución alguna para su propio peculio, ya que de los salarios generados se les descontará de por vida, alimentación, vestimenta, alojamiento, atención sanitaria, etc. Si luego de ello existiera algún remanente, este se destinará a financiar obras sociales de recuperación de adictos.

Es decir, como nos enseñaban en el campo qué había que hacer con los bichos malignos y ponzoñosos. No matarlos, pero sí aislarlos. O por el contrario, como hacíamos con los yuyos dañinos, los quemábamos para purificar la tierra antes de sembrar las semillas, y a otra cosa. (Ecológicamente hablando, se entiende). *

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