Good bye, Juan XXIII
A la muerte de Pío XII, en 1958, el cónclave de cardenales eligió –tras arduas discusiones– al patriarca de Venecia Angelo Giusseppe Roncalli para ocupar el trono de San Pedro.
Un viejito bonachón que solía frecuentar bodegones del Trastevere adoptó el nombre de Juan XXIII como jefe supremo de la Iglesia Católica, y en los pocos años que duró su gobierno procedió a una verdadera revolución en los ritos y en las posturas de la Iglesia. Fue el artífice del Concilio Vaticano II que marcó un hito fundamental; a tal punto que el adjetivo preconciliar fue el usado para calificar posturas conservadoras o retrógradas. Con Juan XXIII, la Iglesia se encaminó por una senda renovadora y de apertura hacia lo popular; se abandonó el latín y se modificaron ciertas ceremonias; se produjo un vuelco importante en algunas concepciones doctrinarias y hubo un acercamiento a los reclamos de los desposeídos.
La renovación en las formas y en el contenido prosiguió durante el papado de su sucesor, Pablo VI (1963-1978), a quien le cupo la misión de dirigir la Iglesia en los turbulentos años sesenta, cuando surgieron figuras como Camilo Torres, Helder Cámara y otros religiosos profundamente comprometidos con los pobres y contra el sistema económico responsable de generar la miseria.
Con Benedicto XVI, creemos no exagerar si decimos que se acabó el tiempo de los católicos progresistas. El cardenal alemán Joseph Ratzinger encarna el lado más conservador del Catolicismo y su elección significa el triunfo de las corrientes más reaccionarias.
Si Juan Pablo II fue un Papa contradictorio, que trató de conciliar las corrientes progresistas con las tradicionales, con Benedicto XVI no podemos esperar sino una profundización del giro a la derecha que se vislumbró con Karol Wojtyla, personaje que pasará a la historia como la transición entre la renovación doctrinaria popular de Juan XXIII y el triunfo definitivo de la reacción conservadora; entre la Iglesia al servicio de los fieles y los desamparados y la Iglesia al rescate de la tradición preconciliar; entre la Iglesia fiel a los principios cristianos y la Iglesia fiel a los poderosos de la Tierra.
Con Ratzinger, prefecto de la Congregación de la Doctrina para la Fe y abanderado número uno en el combate contra la Teología de la Liberación, la Iglesia amenaza volver a los tiempos oscuros de la Inquisición. El pontificado de Benedicto XVI será apropiado para que el pensamiento único del neoliberalismo siga dominando al mundo globalizado.
Las banderas que levantaron los católicos progresistas serán prolijamente arriadas y confiscadas. Las expectativas en cuanto a flexibilizar la postura de la Iglesia en temas como el aborto, la planificación familiar, la eutanasia, el celibato de los curas, la marginación de la mujer, la estigmatización de la homosexualidad y otros tantos, deberán aguardar vientos más propicios.
Asimismo, la esperanza de un compromiso mayor de la Iglesia Católica con las corrientes sociales contestatarias y con el pensamiento crítico, se hace añicos con la asunción de Benedicto XVI.
El protestante Bush aplaude, al igual que las grandes corporaciones sin patria ni dios: tienen luz verde para mantener su dominio mundial; tienen la bendición papal. *
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