Que te perdone Dios
Al leer la información sobre la visita del presidente al 9º de Caballeria, un cúmulo de sentimientos contradictorios me desbordaron. Sentí la sensación de irrealidad. Lo único que pude ver en la foto fue la puerta del cuartel. El mismo donde estuve antes de ser trasladado junto a decenas de otros compañeros al penal de Libertad.
Las palabras pronunciadas por el Presidente, quiero creer, deben de haber sido resultado de un gran esfuerzo intelectual y, por qué no, de una extraordinaria fantasía. Quisiera ser justo, quisiera no caer en lugares comunes ni en eslóganes repetidos hasta el cansancio, pero la verdad, no tengo otra forma de decirlo. Los gritos humanos que escuché en ese cuartel (también en los otros por donde anduve) aún resuenan dentro de mí. Tiempo después en Brasil me reencontré con una compañera que venía llegando. Estaba muy mal de salud, fisicamente muy deteriorada, tanto que no la reconocí el primer día que la vi. Después nos sentamos a convesar. Ella quería que le escuchara su tormento, y yo estuve dispuesto a ello pensando que le haría bien. Así fueron desfilando los personajes del Noveno, el «cabeza seca», como le decíamos a aquel engendro casi humano, Abella creo era el apellido, torturador ensañado, y el otro que se llamaba o se hacía llamar Lucero.
Treinta años después, no existe plan de emergencia que borre de mí la imagen de esta mujer, madre, esposa, que llorando desesperadamente en la mesa de un bar me repetía una y otra vez cómo la habían violado. No era el hecho sexual, era la agresión fundamental que estas bestias le infligieron a un ser humano, agresión que tenía como objetivo anular la base de nuestra existencia: la confianza en lo humano, porque aunque duele reconocerlo, aquellos seres que torturaban (quién me asegura que no lo volverán a hacer) eran seres humanos. ¿Cómo confiar en una especie capaz de tales barbaridades? No hay odio en mí. Lo que sí guardo es la segura y fría convicción de que lo que vivimos hace teinta años no es historia, es una realidad que vive al acecho. No es fanatismo. Es una verdad innegable que el pueblo oriental debe asumir:
El Ejército, las Fuerzas Armadas, todavía hoy torturan; y alguien tendrá que hacer justicia. Las Fuerzas Armadas torturan con el hermetismo con que encierran la verdad sobre Elena Quinteros. La Tota murió sin saber de su hija, pero hay otros que estamos vivos, y que andamos por ahí, buscando la sonrisa y el cariño de la Parda. ¿Y de los otros, los del segundo vuelo? ¿Y de Julio Castro? Hoy todo el mundo sabe quiénes son los que saben. No existe una paz que se asiente sobre la base de una suspensión de lo ético. En la medida en que este hermetismo continúe, sólo hay una forma de entenderlo: las Fuerzas Armadas aún están en guerra contra el pueblo oriental. Quiero ser sincero: al escribir estas líneas sé lo que estoy poniendo en juego. Pero vale la pena jugarse. El miedo es mal consejero; ya nos equivocamos una vez, es más que suficiente. Si es cierto que el que tiene las armas tiene el poder, bueno pues, …
Especialmente ahora cuando leo que el ejército de los EEUU quiere estrechar lazos con el de Uruguay. ¿No hemos visto en fotos lo que han hecho en Irak esas bestias? ¿Nos olvidamos de quién es Negroponte y sus escuadrones de la muerte? El Presidente pudo ver el uniforme de Braida, que cayó en un enfrentamiento. Esto también nos mueve a la reflexión ética.
Este uniforme vacío ya de lo humano es símbolo de lo que nunca tenía que haber sido. Pero tambien puede ser la amenaza velada que dice: aún hay cuentas a saldar. Mujica dijo en el comienzo de estos nuevos tiempos que había perdido el talonario, y que no tenía cuentas a cobrar. Eso me hizo pensar mucho en una conversación que tuve hace unos años con un obispo metodista angoleño: «Sí –me dijo– tenemos que empezar un proceso de reconciliación, pero primero tenemos que saber qué vamos a reconciliar y segundo hay que tener cuidado de no tomar el lugar de Dios y salir a repartir perdones sin saber si la gente esa quiere ser perdonada».
Además, cómo voy yo a perdonar lo que no me hicieron a mí; es decir, yo no puedo en nombre de Elena, perdonar, yo no soy Dios. Soy hombre que reclama justicia. Las Fuerzas Armadas han amenazado veladamente a más del cincuenta por ciento de los orientales.
¿Hasta cuándo habremos de soportar la prepotencia cuartelera? *
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