Eficiencia y progresismo
Días atrás, en estas mismas páginas me referí a un cambio de paradigma acerca del concepto de «ciudadanía» que nuestra fuerza política debe impulsar desde el ejercicio del gobierno. Hoy, me voy a centrar en otro necesario cambio de paradigma que deberemos necesariamente abordar: el de la eficiencia.
Desde comienzos de la década del ’90 el discurso de la derecha política y económica fue centralmente eficientista y economicista; amparados en la «victoria» que supuso para el liberalismo la caída de la mayoría de los regímenes del socialismo real, los grandes centros internacionales de poder impusieron un discurso donde la eficiencia y la eficacia económicas del mercado eran la panacea para resolver todos los males que aquejaban al mundo; discurso y lógica que en nuestro país fue fervorosamente adoptado por ambos partidos tradicionales.
Se pregonó –y aún se pregona– una eficiencia de tipo racionalista que prioriza absolutamente los aspectos cuantificables de la realidad (PBI, ingreso per cápita, déficit fiscal, control de la inflación, etc.); pero pierde relevancia de otros aspectos humanos: lo social, lo político, lo ético, lo ecológico, lo antropológico y lo psicológico.
Asumida dicha lógica economicista y eficientista, los gestores de las políticas públicas, esto es los políticos y mandos superiores de la administración pública, optaron por implementar modelos instrumentales de gestión, bajo la premisa de que lo importante era la eficiencia, convirtiéndola así en un fin, más que en un medio.
En casi 15 años que dicho discurso y metodología se viene implementando, ¿qué resultados ha obtenido? En nuestro país, por ejemplo, mientras que la economía efectivamente creció, también crecieron la pobreza y la marginalidad, sobre todo en los tres sectores más vulnerables de nuestra sociedad: niños, mujeres y ancianos. O sea, como bien dijo Tabaré una vez, el modelo generó crecimiento económico…. pero fracasó en generar desarrollo económico.
No me voy a referir al caso argentino, debido a las particularidades que la gestión menemista tuvo; pero en Nueva Zelanda –que fue otro de los «niños mimados» del FMI en el tema de reformas estructurales– también se acrecentó la inequidad y muy recientemente han comenzado a revisar ciertas políticas implementadas en la época de auge del discurso «eficientista».
¿Significa esto que como progresistas debemos estar en contra de la eficiencia? Para nada, significa que debemos ser integralmente eficientes, no sólo en el plano económico, que es uno más de los diversos planos del discurrir humano.
La eficiencia no debe ser vista como un fin en sí mismao, sino como un medio para lograr un desarrollo sustentable, equitativo y socialmente incluyente (esto es, que los sectores más postergados de la sociedad sean alcanzados por los beneficios de ese desarrollo). En dicha construcción está comprometido el EP/FA/NM, y mi actividad como senador.
Porque como auténticos progresistas, no podemos ni debemos permitir que la derecha monopolice el concepto de eficiencia. El verdadero progresismo consiste en resultar socialmente eficientes, eficiencia para solucionar los problemas de la gente; ese es el nuevo paradigma que debemos imponer, porque solamente con eficiencia económica, ya vimos adónde llegamos. *
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