Hacia el diseño de políticas educativas

Durante los cinco años de su «divertido» gobierno, el doctor Jorge Batlle no se cansó de proclamar a todos los vientos la necesidad de impulsar la educación apostando todo al conocimiento como herramienta fundamental para el desarrollo del país. Desde el pique, llamó la atención la flagrante incongruencia de, por un lado, poner énfasis en priorizar el conocimiento y, por el otro, asignar recursos presupuestales más que mezquinos a la enseñanza pública.

Esa contradicción terminó por convertirse en un lugar común pues nadie del elenco gobernante hizo nada para cambiar las cosas.

Pero más allá de este asunto material, el país se debe un debate profundo sobre los contenidos del conocimiento que pretendemos que los jóvenes adquieran y por lo que decía desvelarse el gobierno.

Expresiones tales como «la capacidad de pensar es el valor primordial para el futuro»; «En el mundo de hoy la diferencia está entre el que tiene conocimiento y el que no»; «El cambio fundamental del mundo es aprender a pensar», eran recurrentes en boca del doctor Batlle.

No es la primera vez que nos ocupamos del tema. Dijimos en un editorial en abril de 2002: «Resulta imposible no estar de acuerdo con tales postulados pues su obviedad asegura un apoyo unánime. El problema se presenta a la hora de determinar cuáles son los conocimientos prioritarios que hay que impartir, y cuando la realidad nos indica que el propósito de que los jóvenes aprendan a pensar queda relegado en los programas educativos.

Sobre la crisis de la educación, ya en los años setenta el escritor Ernesto Sábato lanzaba severas advertencias. ‘La verdadera educación tendrá que hacerse no sólo para lograr la eficacia técnica sino también para formar hombres integrales. Me estoy refiriendo a la enseñanza primaria y secundaria, no a la especializada que inevitablemente deben impartir las facultades’, enseña el pensador argentino. Y dice más adelante: ‘El ser humano aprende en la medida en que participa en el descubrimiento y la invención. Debe tener libertad para opinar, para equivocarse, para rectificarse, para ensayar métodos y caminos, para explorar. (…) En el sentido etimológico, educar significa desarrollar, llevar hacia fuera lo que aún está en germen, realizar lo que sólo existe en potencia. Esta labor de partero del maestro muy raramente se lleva a cabo, y tal vez es el centro de todos los males de cualquier sistema educativo’. Y finalmente, la propuesta de una educación cuyo objetivo es el hombre y no el mercado: ‘Una escuela que favorezca el equilibrio entre la iniciativa individual y el trabajo en equipo, que condene ese feroz individualismo que parece ser la preparación para el sombrío Leviatán de Hobbes. (Se refiere a la máxima ‘Homo hominis luppo’, el hombre es el lobo del hombre). El trabajo comunitario favorece el desarrollo de la persona sobre los instintos egoístas, despliega el esencial principio del diálogo, permite la confrontación de hipótesis y teorías, promueve la solidaridad para el bien común'».

¿Es acaso en esos sabios postulados que pensaba el doctor Batlle cuando sostenía que la capacidad de pensar es el valor primordial para el futuro? La respuesta surge sola cuando vemos que la gran preocupación de las autoridades de Primaria ha sido proveer de computadoras y de profesores de inglés a las escuelas. No estamos en contra de que se enseñe computación a los niños ni tampoco que se les impartan conocimientos del idioma que hoy domina el mundo globalizado. Pero lo que es altamente peligroso es que se confundan herramientas con metas y medios con fines, porque aprender a pensar no se consigue mediante la capacidad de manejar un ordenador.

Debemos velar por que lo informativo no prevalezca sobre lo formativo. Y esperamos de las nuevas autoridades de la educación el replanteo del asunto de los fines y contenidos de la educación. *

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