Asesinato en el exilio bonaerense

Raúl Feldman, militante de la Juventud Comunista uruguaya y activo participante en la lucha contra la dictadura llevada a cabo por los exiliados en Buenos Aires, fue asesinado en la capital argentina el 24 de diciembre de 1974. En acto de homenaje se colocó su nombre a una calle de Carrasco, donde vivía con su familia, cercana a General French y Acosta y Lara. La placa se descubrió en la mañana del martes 12, lo que motivó el reencuentro de muchos militantes de aquel período, del exilio y de la clandestinidad, junto a familiares, integrantes del gobierno departamental, de la Asociación Cultural Israelita Dr. Jaim Zhitlovsky y de la embajada argentina. Tanto el edil Gabriel Weiss, presidente de la Comisión de nomenclatura de la Junta Departamental, en su discurso de apertura, como el intendente en ejercicio, Adolfo Pérez Piera, en sus palabras de clausura, destacaron que el legislativo comunal había decidido por unanimidad, en un gesto de civilización política, integrar el nombre de Raúl Feldman al nomenclátor capitalino.

Se respiraba un clima especial en la urbe porteña aquel día, al acercarse la Nochebuena. El 1º de julio había fallecido Perón, Isabelita ocupaba la Casa Rosada. Un grupo de exiliados, organizados para luchar contra la dictadura, nos reuníamos a menudo en un local facilitado por los amigos del Movimiento Argentino Antiimperialista y de Solidaridad con los Pueblos Latinoamericanos (Maaspla). Era gente magnífica, hombres y mujeres, solidarios a carta cabal. Entre ellos se destacaba el doctor Juan Enrique Azcoaga, de larga militancia progresista. Casualidades de la vida: acaba de llegarme una revista de la asociación Héctor P. Agosti, «Cuadernos de Bitácora» del mes de marzo, que contiene dos artículos de Azcoaga, un editorial sobre la situación política y una nota sobre el destino de la Universidad de Buenos Aires. El local estaba ubicado en el décimo piso de un edificio de la calle Junín (creo que el número era 948), al costado de la Facultad de Farmacología y Bioquímica, cerca de la avenida Córdoba. Tres compañeros estuvieron allí cerca del mediodía, luego fueron al boliche esquinero. Cacho Feldman regresó al local. Uno de sus acompañantes (Walter Cruz) salió a cumplir una tarea y cuando regresaba se detuvo en una zapatería próxima a comprar unos championes, que justamente aquél le había recomendado. Esto le salvó la vida. Cuando llega ve estacionados frente al edificio cuatro Ford Falcon sin placas, del tipo de los utilizados por los escuadrones de la muerte. Una compañerita argentina que colaboraba en nuestras tareas, de nombre Anahí, le advierte que no suba. Era la hija de un médico psiquiatra que también se vinculó a nosotros, en una multitud entrañable. Al rato subió ella, y se encontró con un cuadro de horror. Raúl Feldman con la cara partida (fueron 16 balazos), en un charco de sangre, los muebles destrozados, los materiales por el suelo, un aquelarre siniestro. Así quedó segada una vida joven de 26 años. La escena me hizo recordar después el local de la seccional 20ª del Paso Molino, cuando el fusilamiento de los ocho camaradas en abril de 1972.

El día anterior, 23 de diciembre, el compañero Alberto Altesor, de la dirección del PCU, había sido objeto de una operación cardíaca de riesgo en el hospital Güemes de Buenos Aires, bajo la dirección del eminente doctor Renée Favaloro.

En la habitación de al lado, por extraña coincidencia, estaba internado el general Hugo Chiappe Posse, uno de los cuadros superiores de la dictadura. En el hospital trabajaba un cardiólogo uruguayo exiliado, el doctor León Leibner, que después falleció en Israel. Varios compañeros estaban acompañando a Altesor cuando se produjo el asesinato de la calle Junín.

Quienes nos reunimos, a 30 años largos de distancia, en la inauguración de la calle Raúl Feldman en Carrasco, evocamos este conjunto de hechos. Y los protagonizados posteriormente por los exiliados uruguayos en Buenos Aires. En particular, la acción unificada de las distintas tendencias frenteamplistas (algunas representadas por compañeros que ahora son ministros) y la corriente antidictatorial del Partido Nacional. En otros lugares he recordado las tareas conjuntas que emprendimos, con el acicate permanente del rector Oscar Maggiolo y la participación, entre otros, de Zelmar Michelini y de Héctor Gutiérrez Ruiz, que se prolongaron, en esta fase, hasta el doble crimen del 20 de mayo de 1976, al que se sumaron los de Manuel Liberoff, Rosario Barredo y William Whitelaw. La lucha ahincada para derrotar a la dictadura está inscrita también en estos rastros de sangre. *

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