Realidad del sistema carcelario

Tengo la impresión de que la sociedad uruguaya, lentamente, va adquiriendo conciencia de que los problemas planteados en el sistema carcelario trascienden a sus protagonistas.

Van más allá de los propios reclusos y las autoridades competentes a cargo de su custodia y eventual rehabilitación.

La situación, que ha recobrado las primeras planas y figura en todas las agendas, compete a todos. Es un asunto de la sociedad y, nos guste o no, nos involucra.

Necesitamos comprender, respetando las diversas opiniones y posturas, que si esta dolorosa e injusta situación no se modifica rápidamente para bien, continuaremos sintiéndonos amenazados y el riesgo que correremos seguirá siendo muy alto.

Para expresarlo con claridad y crudeza a la vez: si los que egresan del sistema –porque hay que recordar que todos, más tarde o temprano, salen algún día– lo hacen en similares o iguales condiciones a las que presentaban a su ingreso, esto va a seguir siendo complicado para todos nosotros.

Hay que encararlo como un asunto de derechos humanos que deberá abordarse desde varios ángulos y con múltiples enfoques.

Un ángulo de abordaje es el de los propios internos. Existen muchos derechos que los reclusos conservan y que están consagrados en la Constitución y las leyes, dado que pierden, por ejemplo, el derecho a la libertad y a ejercer el voto, pero no los restantes.

Otro, es desde los custodios. No hay que olvidar que éstos que, como se dice vulgarmente, están cumpliendo «media pena», pasan buena parte de sus vidas soportando las mismas condiciones infrahumanas que aquellos que están siendo castigados por haber participado en hechos delictivos. La comida y las incomodidades son prácticamente las mismas a uno y otro lado de las rejas.

Finalmente, y no por último menos importante, encararlo también desde el ángulo de la sociedad en su conjunto y particularmente de las víctimas –reales y potenciales– que somos, por describirlo de alguna manera, los que estamos afuera.

Estoy seguro que tanto como les resulta imprescindible a los primeros mejorar la vida en reclusión, se vuelve también en el mejor «negocio» para los últimos; los que estamos afuera.

La «especialización» en el delito que se adquiere dentro del sistema, así como la secuela que dejan los traumatismos –físicos y psicológicos– que la violencia intrínsecamente instalada causan, hacen que muchos de los egresados sean personas más peligrosas que lo que eran antes, cuando ingresaron allí.

Ni pensemos en que puedan conseguir un trabajo rápidamente, en las condiciones actuales, y esto termina provocando desesperación. Si a este cuadro le agregamos unos gramos del condimento de moda –drogas– el resultado puede ser explosivo.

Ese es, en gruesas pinceladas, el cuadro que tenemos hoy frente a nuestros ojos.

La rehabilitación que nos ordena, con muy buen criterio, la Constitución en su Art. 26, es inviable en las condiciones que actualmente presenta el sistema carcelario, más allá de que no todos los centros son iguales y no todos los internos sufren las mismas vicisitudes.

En próxima nota abordaremos algunas soluciones a esta situación. *

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