Derechos humanos y obediencia debida

Comporta una excelente noticia que el gobierno promueva la integración de estos temas a los planes educativos, en virtud de que es por este camino que realmente se fortalece la cultura democrática del pueblo. Y ello, porque en la medida que desde el banco de la escuela, se vaya comprendiendo su dimensión jurídica y moral, la gente contará con una información apropiada, que redundará en beneficio de los valores republicanos.

La historia como disciplina que da cuenta de lo sucedido en el pasado, enseña que quienes han vulnerado los derechos humanos en nombre de «los superiores intereses de la patria», a la hora de ser convocados por la justicia para rendir cuentas, aducen como descargo el cumplimiento de órdenes superiores. Como se advertirá, se trata de una excusa inadmisible por violentar la inteligencia del más incauto, ya que quien recepciona mandatos incompatibles con la legislación penal, sabe que al ejecutarlos incurre en delito.

Para nadie es novedad que el agente queda liberado de responsabilidad cuando dentro del marco legal cumple una decisión dispuesta por la autoridad que tiene competencia de dictarla. Y se comprende que en determinadas circunstancias –por la complejidad del procedimiento– el subalterno no esté capacitado para evaluar la legitimidad de la orden, por lo que en tal hipótesis incumbe a los tribunales –como lo destaca la doctrina– examinar su jerarquía administrativa, su cultura y la gravedad del atentado.

Recuérdese que en los institutos con disciplina rígida como el ejército, el espíritu de cuerpo coloca a los soldados de menor rango en complejos dilemas, ya que éstos son instruidos no para evaluar la ecuanimidad del mandato sino para cumplirlo sin comentarios.

De manera que en este contexto, el subordinado actúa en principio con la convicción de que acciona dentro de la órbita jurídica, salvo cuando es comisionado para cometer actos atroces o donde sea patente su ilicitud, en cuyas hipótesis se hace penalmente responsable de los operativos que protagoniza.

A nivel internacional, la defensa de los derechos humanos tiene un historial muy antiguo, pero cobra una especial dimensión a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando toman estado público los extravíos y crímenes del nazismo, que para vergüenza de nuestro continente encontraron en la década de los 70 repudiables discípulos. Y es precisamente a partir de los célebres procesos de Nuremberg, donde los criminales de guerra invocan el deber de obediencia como trampolín o coartada para lograr la eximente o atenuación de responsabilidad, que esta modalidad defensiva gana espacios, pero felizmente sin ningún éxito en los estrados judiciales.

Es fundamental para consolidar la estabilidad del sistema democrático que nuestros estudiantes reflexionen profundamente sobre la esencia y alcances de la Declaración Universal de Derechos Humanos, como asimismo de todos los documentos relacionados con la libertad y la dignidad del individuo.

Pero además las autoridades de la educación deberán encontrar un lenguaje comprensible para que las enseñanzas sean fácilmente asimiladas por el pueblo, muchas veces confundido por los maestros de la reacción y la demagogia.

Las nuevas generaciones tendrán que familiarizarse con las razones que llevaron a un importante número de naciones a crear la Corte Penal Internacional, conocer sus cometidos para que la impunidad no se legitime, aduciendo fronteras o jurisdicciones nacionales, como igualmente cuánto significa ese formidable centro de poder contra las secuelas que deja el terrorismo de Estado.

Pero además, nuestra gente comprenderá por qué los delitos de lesa humanidad, como la desaparición forzada, tortura u homicidio político, son imprescriptibles, y por ende jamás deben escapar del brazo de la ley.

En este arco de consideraciones, resulta inexplicable que los EEUU fundados en su poder económico y militar, pretendan la inmunidad de los norteamericanos ante la Corte Penal Internacional, sin que hasta ahora se conozcan los argumentos que legitimen el privilegio.

Pero la demanda  más allá de su filosofía arbitraria– comporta que la pureza de la raza que predicaba Adolfo Hitler, sigue en el siglo XXI haciendo sonar sus tambores con discursos no tan avasallantes, pero sí con el mismo autoritarismo y discriminación que agitaba el credo nazi. *

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