Hacia la autonomía financiera

El término de la reciente reunión entre el equipo económico y representantes del FMI, el ministro Astori anunció que el acuerdo firmado podría ser uno de los últimos ya que era intención del gobierno empezar a independizarse del organismo para lograr autonomía financiera y no soportar más las imposiciones de las cartas de intención que implicaban aceptar recetas lesivas para nuestra economía.

Después que Kirchner decidió hacer transitar a Argentina por una ruta diferente a la señalada por el FMI apartándose de la ortodoxia emanada de los centros del poder económico mundial, fue el presidente Lula quien sacudió la modorra al informar que Brasil se aprestaba a abandonar la tutela del emblemático organismo internacional de crédito.

En un lapso relativamente breve, tres gobiernos del Cono Sur, tres gobiernos socios y amigos, se afianzan en su vocación autonómica, en un todo de acuerdo con su común postura nacionalista y americanista.

Sin minimizar la enorme trascendencia y el valor simbólico que supone romper los lazos con el FMI, bueno es tener presente que los organismos internacionales de crédito ya no gozan del prestigio ni de la buena imagen de otrora. Al respecto, nos parece de interés para nuestros lectores comentar la opinión de Joseph Stiglitz, estadounidense, Premio Nobel de Economía e insospechable de adhesión a posturas de izquierda. Es, sin dudas, un hombre preocupado por los problemas sociales y por la injusta distribución de la riqueza en el mundo, pero sus críticas y propuestas en modo alguno cuestionan el modelo económico globalizado.

En una nota publicada en Página/12, el periodista Martín Granovsky analiza algunos conceptos vertidos por el célebre economista, fundamentalmente referidos a la situación argentina:

«Dijo lo más duro con la sonrisa irónica de la que jamás se desprende y con suavidad: ‘Es mejor que el monitoreo no lo haga el Fondo Monetario Internacional’. (…) El elogio a ese criterio fue uno de los seis puntos con los que Stiglitz analizó la situación de la deuda. ‘La Argentina está manejando bien el posdefault’, explicó además luego de hacerle propaganda al autocontrol. ‘Y hace bien la Argentina en no centrar ahora la salida en la ayuda externa, porque en esos casos el riesgo es que esa ayuda no exista en la realidad y se trate sólo de dinero que sale de un bolsillo de Washington para ir a otro bolsillo de Washington’. (…) ‘Siempre pensé que un buen acuerdo con el Fondo era bueno, pero que antes de hacer un mal acuerdo era mejor no llegar a ninguno’, dijo Stiglitz».

Hablando del caso argentino, el periodista refiere que «muchos pusieron dinero en la Argentina siguiendo los consejos del FMI y también sus gestos, como la invitación a Carlos Menem para que abriera una asamblea del Fondo en su carácter de mejor alumno del Consenso de Washington, la serie de ideas reunidas por el economista John Williamson para que América latina liquidase las regulaciones y abriera sus economías al mundo. ‘Que el Fondo invitase a Menem no significó que ésa fuera una gran política’, dijo Stiglitz.

Segunda opinión, hay que tener en cuenta la Doctrina Drago, elaborada por un argentino cuando Venezuela sufrió un bloqueo porque no había pagado todas sus deudas. ‘Todo prestador a un Estado soberano corre el riesgo de sufrir un default’, citó Stiglitz siguiendo el espíritu de Luis María Drago, el canciller de Julio Roca en su segunda presidencia. ‘Si prestás mucho, podés tener un problema, y si te pagan mucho es por algo. ¿Por qué se quejaron después del default? Antes había mucha ganancia porque había riesgo. No deberían haberse quejado’, concluyó el Nobel hablando ya no de un episodio de principios del siglo XX sino de comienzos del XXI desde una universidad fundada a mediados del XVIII.
Tercera opinión del ex vicepresidente del Banco Mundial: ‘El mecanismo para resolver la bancarrota de un país falló y mostró que hace falta contar con un sistema que no sea defectuoso'».

He aquí algunas opiniones, bastante sustanciosas por cierto, que significan un espaldarazo al rumbo elegido por los gobiernos progresistas de América Latina. *

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