El falso dilema entre seguridad y libertad

Con motivo de las ideas sugeridas por el ministro del Interior, doctor Díaz, para resolver el problema de la superpoblación carcelaria, varias voces de condena se hicieron oír.

Resulta particularmente ilustrativo al respecto advertir cómo a la mentalidad conservadora prácticamente no le interesan las causas profundas del incremento de la violencia delictiva; a lo sumo los voceros del establishment hacen referencia a aspectos un tanto vagos o abstractos como la pérdida de valores –un hecho innegable pero que no puede ubicarse como causa primigenia– o el debilitamiento de la familia, otro dato de la realidad pero que no debe hacernos perder de vista las causas materiales y concretas del delito, como la marginación, el desempleo y la depauperación.

«No hay una correspondencia estricta entre más pobreza y más delito», sostienen algunos. «A veces las cifras de la sociedad más desarrollada presentan los mismos valores que los de la sociedad menos desarrollada», es el argumento para sostener tal aseveración. El recurso dialéctico no resiste ni un análisis superficial, pues las figuras delictivas que se constatan en una y otra sociedad son bien diferentes.

En las sociedades desarrolladas, en el Primer mundo opulento, la violencia responde más bien a la alienación de individuos masificados y poluidos por «valores» o metas impuestas por un sistema que sólo se ocupa de exacerbar el consumismo. En nuestras sociedades tercermundistas, expoliadas por el norte y por los pocos beneficiarios criollos del modelo, es el hambre –y la falta de perspectivas para saciarla– lo que mueve a los excluidos a delinquir.

La exclusión y la depauperación generan las patologías sociales como el debilitamiento de la familia o la deserción escolar y promueven la pérdida de valores. Se dan así las condiciones objetivas y las subjetivas para que las «soluciones» transgresoras –la infracción a las normas de convivencia– sean a las que recurren los desplazados para satisfacer sus necesidades, que hasta hoy los gobiernos no fueron capaces de resolver. En nuestros países subdesarrollados, el sistema se vuelve más perverso aun, pues margina cada vez más a los seres humanos, los incita a consumir y a la vez les niega los medios para acceder al consumo.

Cuando el establishment no quiere ver esta realidad, es lógico que su respuesta a la violencia delictiva apunte exclusivamente a soluciones policiales, sean éstas preventivas o represivas. Y obsérvese hasta dónde están dispuestos a llegar, cuando afirman que «hay sociedades que ante el temor, ceden aspectos de su libertad».

Sin dejar de reconocer que el de la inseguridad que vive la población es uno de los problemas a resolver, debemos estar alertas ante la peligrosa sugerencia de priorizar la seguridad por sobre la libertad. *

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