Endecha por Juan Pablo II
Cuando en algunos años se repase el pontificado de Juan Pablo II, seguramente se advierta que el trabajo ocupó uno de los lugares centrales de sus preocupaciones sociales; tanto, que dedicó una de sus principales encíclicas —Laborem Exercens— a su reflexión. Sin embargo, ese sustancial aporte parece no haber sido relevante si lo comparamos con el despliegue mediático que tuvieron sus concepciones acerca de los temas de ética personal, como la conducta sexual. Sobre cuál es la razón de ese involuntario (?) ocultamiento, pueden acumularse diversidad de conjeturas; pero cuando baje el voltaje de encandilamiento que provocaron en el debate público, va a trasuntarse que Juan Pablo II trazó un muy preciso camino en temas como la justicia social, la relación entre trabajo y capital, y el sentido mismo del trabajo humano.
A nivel del discurso, Juan Pablo II debió enfrentar y sortear en forma siempre original y convencida el «dilema de hierro» de que hablaba Maritain: el embate del individualismo egoísta (hoy neoliberal) y del colectivismo asfixiante de la libertad humana. El desafío no fue novedoso, ya que buena parte de la historia social y del compromiso político de los cristianos durante casi todo el siglo XX fue justamente señalar con un pensamiento crítico e independiente las falencias e iniquidades que se anidaban en los modelos de economía y sociedad que se proponían como antagónicos, ante los cuales al parecer no había otra alternativa que fatalmente optar por uno. En este punto, todo el desarrollo teológico de Juan Pablo II fue dar cuenta de lo obtuso de encerrarse en laberintos ideológicos que se retroalimentaban y dificultaban el surgimiento de un pensamiento realmente emancipador. Su crítica al neoliberalismo y los valores de consumo y hedonismo que promueve, y su proclama de que «toda propiedad privada está gravada por una hipoteca social», son suficientemente significativos del rechazo a la racionalidad liberal; su condena a la falta de libertad religiosa –y de libertad a secas– en su país durante la hegemonía comunista son también definitivas.
Así, puede leerse en su mensaje a Lituania en 1993 que «en numerosas democracias formales existen disparidades entre el formal reconocimiento de la libertad y los derechos humanos y las numerosas injusticias y contradicciones sociales que toleran en su seno. Aplican modelos sociales cuyo postulado de libertad no se conjuga con la responsabilidad ética. La Iglesia ha denunciado no sólo el socialismo sino también el liberalismo económico, que desprecia todo límite y desatiende las exigencias de la justicia».
El trabajo entre la producción y la realización humana
El trabajo, según la Encíclica de Juan Pablo II, es actividad específicamente humana, «pues su sujeto es la persona, sujeto consciente y capaz de decidir y de domeñar la naturaleza. Al dársele un alcance tan vasto al trabajo, este se concibe como determinante de la sociedad en general» y agrega: «la Iglesia está convencida de que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre sobre la Tierra». Esta sugestiva declaración implica que se debe estar alerta cuando el papel responsable y libre del trabajo se ve amenazado. Así, la técnica «puede transformarse de aliada en adversaria del hombre, como cuando la mecanización del trabajo suplanta al hombre, quitándole toda satisfacción personal y el estímulo a la creatividad y responsabilidad; cuando quita el puesto de trabajo a muchos trabajadores antes ocupados».
Habrá una dimensión objetiva del trabajo, consistente en la capacidad del hombre de hacer suya la naturaleza y transformarla, pero habrá también una dimensión subjetiva, que corresponde al desarrollo personal de quien ejecuta el trabajo.
Ello determina, en consecuencia, que el trabajo tenga prioridad frente al capital, que en tanto medio de producción tiene sólo un valor instrumental. El verdadero protagonista de la producción es la persona que trabaja, y por ello «el conjunto de medios es fruto del patrimonio histórico del trabajo humano». Nótese el anclaje de toda la concepción en la persona humana: todo lo que el hombre utiliza para producir es fruto del trabajo humano precedente, lo cual sitúa el valor trabajo en una perspectiva histórica, colectiva e intersubjetiva.
Por ello frente al sólido pensamiento y la enorme figura de Juan Pablo II resulta francamente menor la utilización que pretenden hacer, por ejemplo, los ex presidentes Sanguinetti y Lacalle, que han referido rupestremente (uno desde su engolamiento seudointelectual y el otro desde su autoproclamación confesional) a la «decisiva» acción de Juan Pablo II en el derrumbe del muro, como si hubiera reutilizado su viejo overol, calzado los guantes y empuñado la piqueta para golpear en el centro mismo del ícono socialista. Es igualmente tosco aducir que toda acción de Juan Pablo II se reduce a un mero intento conservador o restaurador en un mundo cambiante (¿cambiante hacia dónde?).
Es en este punto que se encuentran (¡otra vez!) los antagonismos, que quieren ver en Juan Pablo II al guerrero en solitario vencedor de un imperio (cual película de cuarta de aquel actorzuelo hoy gobernador de California), o al empecinado restaurador de la abstinencia sexual prematrimonial. Pero hay que decirlo de una vez: Juan Pablo II dijo cosas y dio testimonio que incomoda a quienes sólo escuchan la música que les place. *
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