El humor esperanzado de Emilio Frugoni

Ante el advenimiento de un gobierno progresista que es la culminación de la suma de las luchas populares, acumuladas con las formas de combate más diversas de esos sectores durante más de un siglo, la figura de Emilio Frugoni adquiere una dimensión tan enorme como enorme fue su incesante lucha desde su adolescencia hasta el momento mismo de su muerte para la obtención del triunfo que hoy es patrimonio de todo el pueblo oriental. Pero el fundador del Partido Socialista en 1905 y con él de toda la izquierda nacional no solamente fue un político como pocos, un destacado poeta, un doctrino sin igual, un hombre de derecho, sino que fue un hombre de un fino humor, a veces gentil, a veces mordaz, a veces hiriente en función de la circunstancia que le tocara vivir.

Decía Juan B. Justo, el ilustre fundador del Partido Socialista argentino, que en la lucha «impone más sus ideas el que menos impone su persona». En Emilio Frugoni (entrañable amigo de Justo) se daba una circunstancia excepcional; lo primero que se imponía era su persona. Por ello, ante este 30 de marzo, fecha recordatoria de un nuevo aniversario del nacimiento de Don Emilio, nada más adecuado que recordar la respuesta tajante, a veces, y otras, la chispeante ocurrencia que fueron parte de su vigorosa personalidad y que sembraron de anécdotas su largo camino.

Es así, que contra la dictadura de Terra, en enero de 1935, algunos centenares de ciudadanos se alzaron en guerra civil para desafiar con las armas al régimen ilegítimo. El Poder Ejecutivo convocó de inmediato a la Asamblea General Legislativa para aprobar la adopción de «Medidas Extraordinarias». Frugoni, en plena sesión tomó la palabra para fustigar la dictadura al tiempo que para apoyar a aquellos que exponiendo sus vidas se levantaban en un intento de derrocarla.

Un senador del régimen lo interrumpió con vehemencia para decirle que dadas las simpatías de Frugoni por aquella revolución, esperaba verlo a poco andar ensillando su caballito para marchar en la revuelta.

«No», le contestó Frugoni, «en eso se equivoca, porque por ahora mi función es hacer equitación aquí, en las Cámaras de la Tercera República, jineteando en basto o en pelo…»

En una campaña electoral, un candidato a diputado por el departamento de Tacuarembó, levantó como estandarte político venir a la Cámara para combatir políticamente a Frugoni. Electo en su deseado cargo, no perdía oportunidad para tratar de menoscabar a Don Emilio. Un día, agotados sus argumentos y motivos, pidió la palabra para dejar sentada su protesta porque el diputado socialista, a diferencia de los demás, era un hombre huraño con el que era imposible trabar amistad.  »Fíjense», dijo en Cámara «hace pocos días lo crucé por la calle, intenté saludarlo, pero ni siquiera encontré respuesta. Ni se dignó mirarme». «Terminó», le preguntó Frugoni.  »Sí», le contestó su acusador.- «Bueno», replica Don Emilio», yo debo sinceramente deplorarme por no haberle dado al Sr. diputado, la oportunidad de saludarlo, tanto más, si tan grande es su interés por hacerlo. Ahora, en cuanto que no lo haya mirado, que no se sorprenda la Cámara, porque declaro solemnemente que cuando voy por la calle prefiero mirar a las mujeres…»

Por su propia ideología y características parlamentarias, alrededor de Frugoni se multiplicaban los contradictores. Entre ellos, apareció uno tan inclemente que lo atacaba por su oratoria, por sus ideas, pero, sobre todo por su obra poética, porque este adversario, a su vez, se consideraba poeta, aunque por mucho que se busque no se encontrará rastro de su producción literaria. Cansado de sus ataques, Frugoni se decidió contestarle.- «Mire», le dijo, «el día en que también para usted, llegue, que llegará, el día inexorable, aunque usted tendrá vida más larga que sus poesías, sobre el pedazo de tierra en que descansen sus despojos se podrá poner un epitafio que dirá más o menos esto: «Caminante:/¡Ten tu paso!/ La poesía yace aquí/ La mató de un garrotazo/ Pío Durval Salari».

Algún tiempo después que en Montevideo habían dejado de funcionar los tranvías tirados por caballos, quedaban todavía, como remanentes del tiempo ya pretérito grandes depósitos de alfalfa. En cierta oportunidad que de soslayo se tocó el tema en Cámara, un diputado que se destacaba por su silencio, sorpresivamente preguntó: ¿Y qué hacemos con la alfalfa? Alguien, desde la barra, le gritó: «Se la come usted». Ofendido, el representante aludido se dirigió al recinto: «Ese individuo, por lo ordinario, debe ser correligionario del Sr. Diputado Frugoni». Como un relámpago, éste, que escribía prácticamente ajeno al debate, le contestó: «Demás está que yo le diga al señor diputado que le deseo una larga vida, pero allí donde algún día reposen sus restos, habrá de ponerse un epitafio que dirá: «Aquí descansan los restos de don Laureano Brito que no fue bruto solamente por un palito».

Corría el año 1912 y luego de una áspera polémica que Frugoni venía manteniendo con el diputado Federico Paullier, manifiesta este último con tono casi paternal: «El Sr. Diputado Frugoni ha tomado la piqueta demoledora del edificio social de este país, y yo, he tomado la tarea de reforzar los cimientos de este mismo edificio social, que tanto nos ha costado levantar, y que el Sr. diputado trata de destruir. Es cuestión de cultura, de pureza, de verdad y de civilización». Con su atronadora voz, le replica Frugoni al instante: «Es cuestión de albañilería».

En otra oportunidad, un diputado, obsesivamente implacable contra Frugoni, obviamente exacerbadamente reaccionario y consecuentemente antiobrero, en oportunidad de cada huelga y con más virulencia si se trataba de una huelga general, la emprendía contra el diputado socialista y reclamaba que la policía y el ejército ocuparan el lugar de los obreros en huelga. Era aquel un tiempo en que no existiendo representación proporcional (regía la Constitución de 1830), y habiéndose abstenido de participar en la elección uno de los partidos tradicionales, el de gobierno, disponía de una amplísima mayoría parlamentaria. Esto habilitaba a frecuentes ausencias de los legisladores oficialistas que rigurosamente cobraban sus sueldos. Pero lo más grave fue que el procedimiento se transformó en práctica habitual y llegaron a suspenderse varias sesiones por falta de quórum.

Un día después, Frugoni creyó llegado el caso de hacer la denuncia en Cámara y no dejar pasar las recurrentes e impertinentes acusaciones a los obreros y a la amenaza de virtualmente militarizarlos. Al constatar el alto número de bancas vacías, dirigiéndose al reaccionario colega le expresó: «¿Y qué opina usted de esta huelga parlamentaria? ¿Se animaría usted, siempre tan voluntarioso contra los huelguistas, a traer aquí a los bomberos y guardiaciviles para ocupar el lugar y las obligaciones de sus correligionarios que no vienen a cumplir con su deber?»

A partir de su ingreso a la Cámara de Diputados, Frugoni combatió todo acrecentamiento de las unidades militares, llegando en 1920 a proponer la supresión del ejército pues, sostenía que por un lado gravitaba pesadamente sobre la economía nacional, y por otro, enclavado el Uruguay entre dos grandes países como Brasil y Argentina, nada podría hacer para la defensa de sus fronteras frente al poderío de las potencias mencionadas. El ejército, a lo sumo podría servir como una fuerza de ocupación de carácter interior. No obstante su fuerte y declarado antimilitarismo, Frugoni supo ganarse el respeto de un fuerte sector de la oficialidad, a extremo tal que en 1949 la Comisión de Cultura del Centro Militar del Uruguay lo invitó
para dictar una conferencia por ellos patrocinada y que se llevó a cabo en el Paraninfo de la Universidad y que se tituló «Las clases sociales en el Uruguay». Don Emilio comenzó así su conferencia: «El verdadero militar debe ser antimilitarista en cuanto al militarismo impone aquí en América, esa tendencia de los ejércitos a sustituir a los pueblos en el ejercicio de los derechos soberanos».

Vayan pues, estas anotaciones para recordar al incansable luchador de los derechos de los desposeídos a los pocos días de ver coronados sus sueños del comienzo de la regeneración política, que lo tuviera como su conductor durante tantos años de su vida. *

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