¿Ciudadanos o consumidores?
En nuestro editorial de ayer planteábamos algunas reflexiones a propósito de la necesidad, una vez adoptadas ciertas medidas urgentes y encaminadas ciertas tareas prioritarias, de analizar hacia qué futuro pretende avanzar el país.
Es perfectamente cierto que en la época en que vivimos, signada por un mundo globalizado y dominado por un capitalismo especialmente salvaje, la reivindicación de ciertas utopías puede resultar fuera de lugar. La dura realidad se nos impone de manera casi inexorable y nos obliga a dar pasos menos ambiciosos que los que nos proponíamos hace treinta años. Así las cosas, debemos valorar en toda su dimensión las primeras medidas tomadas por el nuevo gobierno que apuntan a un cambio significativo en la conducción del país y lo diferencian de forma notoria de las administraciones que lo precedieron.
Pero los cambios que el gobierno progresista se propone implementar no se agotan en esas primeras medidas. Antes bien, el programa que votó la mayoría de los uruguayos se propone metas no sólo en cuanto a mejorar la vida material de los uruguayos sino que los cambios abarcarán, además, aspectos educativos y culturales.
Porque el modelo no se limitó a concentrar la riqueza, a excluir a los más y a profundizar la injusticia. También se ocupó de imponer un modo de pensar funcional a sus intereses: convirtió a los ciudadanos en consumidores.
Al respecto, es oportuno acercar a los lectores las reflexiones de la periodista argentina Sandra Russo:
«Aquel país de padres que soñaban cultura e instrucción para sus hijos confiaba en que la cultura y la instrucción abrían las puertas del bienestar económico, claro, pero también del bienestar anímico y espiritual. Era un valor ser de bien. Después ya sabemos. Ese valor se fue rallando como una zanahoria que siempre quedaba a dos metros de distancia de nuestras narices. Y de la mano de un país que se fue corrompiendo, se corrompió también el sueño del imaginario social. Apareció, como un valor, la trampa. El atajo.
(…) El mundo del consumo nos deslumbró en los ’90 como un efecto especial de la vida: hubo incluso patologías mentales y sociales encauzadas a través del consumo. Nuestros chicos han heredado ese tic y sus defensas bajas lo retroalimentan. Quieren ropa de marca, los juguetes que salen en la tanda de su programa favorito, el merchandising de absolutamente todo. Como consumidores, los ’90 nos volvieron bocas abiertas e insaciables, pozos sin fondo, insatisfechos crónicos. Como consumidores, hemos abolido el pensamiento crítico y el sentido de realidad.
(…) Hemos llegado a pensarnos a nosotros mismos como consumidores antes que como ciudadanos. Hemos votado candidatos como consumidores y no como ciudadanos. Pero en tanto consumidores hemos sido, en rigor, blandos, necios, imbéciles: el consumidor perfecto que reclama el mercado. Atontado, despersonalizado, dócil.
(…) La palabra consumidor está bañada de una falsa asepsia, de una falsa neutralidad: lo que gastamos no es neutro. Es dinero. El usuario, el cliente y el consumidor son ciudadanos a quienes les fue cercenada su condición política. Hoy se abre la posibilidad de repolitizar esa palabra, en un sentido amplio pero profundo. Comprar, consumir son esencialmente acciones políticas. Puede pasar que no nos hayamos dado cuenta, pero los que armaron el frenesí de los ’90 y se resisten a abandonar el festival de sus ganancias lo supieron siempre. Han ganado fortunas de a diez o veinte centavos en facturas, comisiones, sobreprecios, deslices ante los que nadie oponía resistencia».
En el mundo globalizado y dominado por el pensamiento único, cualquier intento de combatir las pautas culturales del neoliberalismo adquiere ribetes revolucionarios.
Es hora de empezar a pensar, también, en ese cambio. *
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