Cambiate que entrás
Nadie discute que la razón le asiste a un indiscutido crack uruguayo, que es siempre convocado para ingresar al juego cuando las papas queman y el resultado es difícil de revertir, toda vez que se resiste a cargar como dice Mujica con semejante mochila. Pero el fútbol es un juego y la vida es otra cosa. Más cuando los uruguayos nos jugamos al cambio y ahora hay que entrar en el juego.
Desde esa perspectiva los cambios que se exigen a priori son los de naturaleza interna a la imagen del gobierno. Siempre se ha concebido que para la izquierda la estética es un tema ético. La apariencia no debe confundirse con la responsabilidad, la coherencia debe mostrarse y demostrarse, la mujer del César no sólo debe ser honesta sino además parecerlo. Nos encontramos con un pueblo lleno de expectativas y que da un voto de confianza. Pero ya sabemos que estos romances no duran si no se cumple con lo prometido.
Existe, no cabe duda, una fascinación inicial ante la perspectiva de administrar los destinos nacionales por los próximos cinco años. Es la etapa estética del poder. Hay tanto para hacer y se sabe que los primeros cien días son decisivos. Allí se trazan los lineamientos, se toman las decisiones eje del gobierno. En términos de comunicación, es el momento de afirmar la identidad, identidad que provea una imagen exterior sólida pues lo que mueve a la confianza son las imágenes mentales que la ciudadanía se forma, más que lo que tangiblemente encuentra todavía hoy en su bolsillo.
Las primeras acciones de gobierno empero, si bien coinciden con los anuncios y las expectativas, se encuentran con que al abrir la caja del Estado (¿de Pandora?) aparecen en toda su dimensión los lastres que se arrastran por generaciones. Cabe recordar la malhadada afirmación de un ex presidente que recordaba que en el Estado los funcionarios hacen como que trabajan y él hacía como que les pagaba. Linda manera de estimular a quienes son los actores del cambio que estamos proponiendo. Porque es desde el Estado que se construyen las bases. Pero la aseveración del cambio no elimina el espíritu de chacra, la ventaja menor, la desmotivación.
Se exige un profundo cambio en el funcionamiento de la administración pública, basado en la convicción de que el remedio de sus males no pasa por declaraciones de deseos, lo cual nos introduciría en un proceder cosmético. Cuando en las organizaciones la comunicación, la participación y la motivación se convierten en enunciados, la cosmética desbanca a la estética. Tampoco pasa por el permanente cambio de responsables que no funcionan. La solución consiste más bien, en la creación de un nuevo marco de incentivos para los responsables de los organismos públicos que abarque la fijación de objetivos, instrumentos de control y participación ciudadana, autonomía en la administración de recursos y un efectivo sistema de premios y castigos. Sólo siguiendo este camino el Estado podrá renovar su capacidad para atraer individuos talentosos y con vocación y, con ellos, comenzar su reconstrucción. También hemos aprendido que una apertura sincera a la acción comunicativa, al encuentro de pareceres y opiniones diversas, no se convierte en motivo de inmovilidad o ineficacia sino que, por el contrario, potencia y permite escuchar manifestaciones antes ocultas y adicionalmente, refresca el ambiente laboral al tiempo que garantiza resultados perceptibles en el corto plazo.
Debe distinguirse en esta instancia la diferencia entre ejercer el poder y administrar la autoridad. Compartir la información no significa perder poder sino ganar en autoridad. El poder se ejerce amedrentando, la autoridad se gana comprometiendo la participación, delegando y estimulando la actitud proactiva.
Porque la verdadera comunicación va más allá que el simple suministro de información por parte de quienes ejercen funciones de responsabilidad. Implica riesgos, encuentros y desencuentros no siempre ingratos si se admite, de entrada, el hecho de que la mayoría de los trabajadores son hoy trabajadores intelectuales es decir, personas dispuestas a analizar y elaborar programas a partir de las orientaciones, más que individuos centrados en el cumplimiento de órdenes, por más que sean órdenes de trabajo. Se cumplirá entonces con el compromiso ético de continuar lo que se dice con lo que se hace. Porque la autoridad, éticamente administrada, se convierte en estímulo cuando se completa el ciclo: preguntar, escuchar, responder, formar, actuar, cambiar.
Hemos de admitir, finalmente, que el desarrollo de estos criterios escuetamente enunciados (reconocimiento de las capacidades intrínsecas de la organización, acción comunicativa, mutación del estilo de órdenes al de orientaciones), no tiene un desarrollo fácil ni rápido. Es indispensable cambiar las estructuras mentales, la identidad de la organización con su pasado. Definitivamente, cambiate que entrás al juego.
En otros términos, la gestión del conocimiento más que un aspecto estratégico o técnico, se articula íntegramente con los factores esenciales de la cultura del gobierno. Un gobierno que por definición y por naturaleza será plural. Por eso es indispensable que esta actitud se despliegue a través de toda su estructura y que promueva cambios efectivos en su percepción, mediante la enunciación y puesta en práctica de un tipo de organización y una imagen consistentes con lo que el gobierno es o aspira llegar a ser.
Materias que habrá que ajustar internamente antes de salir a la opinión pública pues lo que se hace público, lo que se comunica, ya no tiene marcha atrás. Como dice el saber popular, no hay una segunda oportunidad para una primera mala impresión. *
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