A 29 años del golpe militar en Argentina

La intervención militar contra las instituciones en el país hermano no se produjo como un rayo de sol en cielo sereno sino que fue la culminación de un proceso iniciado, por lo menos, dos años antes, bajo la presidencia de la señora Isabel Martínez, viuda de Perón.

En esos años previos al golpe fue protagónica la figura de un personaje siniestro que acrecentó su poder en los pliegues de un movimiento heterogéneo como lo era el peronismo dentro del que coexistían posiciones revolucionarias inspiradas en Guevara, como John William Cook, y personajes oprobiosos del acerbo fascismo como el «Brujo» José López Rega.

La dictadura instalada a partir del 24 de marzo del 76 transitó de manera exhaustiva todas las formas del avasallamiento y la destrucción física y moral de la persona humana. Actuó en la Argentina como una recidiva sudamericana del nazismo alemán recorriendo un catálogo de horrores y violaciones a los Derechos Humanos que no tenía precedentes en la región.

Este ataque se conjugó con el primer ensayo sistemático de destrucción de todas las conquistas obreras, para empezar las alcanzadas en el período de auge del peronismo de izquierda liderado por el Presidente Héctor Cámpora, siguiendo luego por todo lo que la sociedad argentina había avanzado en el medio siglo anterior.

El ultraliberal Martínez de Hoz culminó la agresión a la sociedad argentina que impulsaban Videla, Massera, Agosti y las distintas Juntas Militares que se sucedieron en el poder entre 1976 y 1983.

Si para la historia del pueblo argentino, y de sus mejores valores sociales y culturales como nación hay un antes y un después del 24 de marzo, también hay un antes y un después para decenas de miles de exiliados de otros países del Cono Sur que habían encontrado en ese país el último rincón de subsistencia de un sistema de libertades y garantías democráticas: militantes democráticos bolivianos reprimidos después del golpe al Presidente izquierdista general Juan José Torres, en 1971; refugiados uruguayos que, por decenas de miles, cruzaron el Río de la Plata huyendo de la represión en 1972 y 1973.

En los 60, bajo los gobiernos democráticos de Frei y Allende, Chile había sido tierra de amparo y hospitalidad para los perseguidos por la dictadura brasileña encaramada en abril de 1964. Y también para uruguayos, paraguayos, bolivianos.

El golpe del 11 de setiembre de 1973 en Chile había empujado a miles de estos exiliados a buscar amparo en el último rincón sudamericano de libertad, que era Argentina. La hora del acoso, y para muchos la muerte, llegó para ellos a partir del 24 de marzo.

Desde entonces se instaló en la hermana república un laboratorio de la crueldad represiva. Un trabajo minucioso de exterminio como nunca antes se había conocido en estas tierras.

La desaparición forzada de personas se instaló desde un centro de poder institucional terrorista que se adueñó de todas las palancas del Estado: desde la policía y las Fuerzas Armadas hasta la Administración y la Iglesia, con sus vicarios castrenses de triste memoria.

Una parte considerable del empresariado y de los jefes de las empresas transnacionales, como se ha demostrado en el caso de la Mercedes Benz, se hicieron cómplices de la represión que tuvo, además de su sesgo inhumano, un inequívoco corte de clase: alrededor de un 40% de los más de 30 mil detenidos desaparecidos formaban parte de las Comisiones Internas de las organizaciones obreras y fueron secuestrados cuando intentaban enfrentar a las burocracias sindicales corrompidas que buscaron convivir en paz con la dictadura.

Pero evocar el 24 de marzo sería unilateral si no recordáramos que hubo una grandiosa, original e impactante forma de resistencia: un grupo de mujeres con sus cabezas tocadas por un pañuelo blanco, las heroicas Madres de Plaza de Mayo, encendieron en Argentina la luz de la palabra verdadera, el ejemplo de la no resignación. Conjugaron, en las peores condiciones, el verbo resistir y enfrentar a un enemigo criminal y poderoso.

Recordar el golpe es una vez más inclinarse ante los caídos y homenajear a las valientes mujeres que encabezaron la resistencia. *

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