Una historia de amor, el diablo, Dios y Marx

Por supuesto, tiene un nombre, como todos. Pero solamente diré que es una mujer uruguaya. Una de millones de mujeres quizás parecidas en sus sueños y sus fracasos, en sus emociones y sus realidades. La conocemos hace muchos años, no sabemos bien cuántos. Pero aprendimos a respetarla, a quererla, a admirarla por la forma en que encaraba la vida, peleándola, haciendo de padre y madre de un hijo que con miles de sacrificios trató de formar y educar llenándolo de amor y de todo lo que su humildad y su modesto ingreso de trabajadora le permitía.

Nunca le preguntamos por qué estaba sola con el botija. Ni importaba hacerlo frente a la realidad de su entereza y su coraje. Porque a pesar de todo, aún hoy una mujer necesita coraje en esta sociedad con tantas deudas pendientes, para enfrentar la vida a solas con un hijo, sin tener que andar dando explicaciones a la mojigatería cotidiana de muchos.

Pero, seguramente usted se preguntará ¿y a qué viene toda esta cháchara? Mire amigo –cada vez que lo digo me acuerdo del Flaco eterno– todo este introito viene porque esta Mujer de la que le hablo (y por favor pido a los compañeros de corrección que no alteren la mayúscula en esa palabra), esa Mujer como les decía, fue arrastrada poco a poco, al principio lentamente y después con una feroz arremetida, a un verdadero infierno existencial, mientras su hijo muy grande para ser niño pero muy chico para ser hombre, en esa edad difícil que algunos llaman adolescencia (y que en nuestra época llamábamos la «edad de la bobera») se desgarraba embrutecido, obnubilado, lacerado por la droga maldita de la pasta base.

Y nosotros la veíamos llorar muchas veces, tratando de disimularlo entre inútiles recargas de maquillaje o anteojos oscuros que no podían ocultar su angustia. Y además fuimos testigos de su enorme tristeza, que la fue lentamente desmejorando, desgastándola, cargándole años que no tenía, en las comisuras de sus labios y en el entorno de sus ojos.

Para poder «parar la olla», esta madre de la que les cuento, trabajaba –y trabaja– muchas horas por día y su hijo quedaba solo en la casa. Primero dejó los estudios, después empezó a reunirse con amigos del barrio, después se rebeló contra ella y comenzó en su ausencia a llevarse algunas cosas de la casa …Y así se fueron desde una garrafa hasta el colchón, desde los marcos de las ventanas hasta los paquetes de arroz y otros comestibles. Y la Madre luchaba y seguía tratando de salvarlo, pero todo parecía más fuerte que ella.

Hace unos días se dio cuenta de que ya no le quedaban ni los cucharones en la casa. Todo había marchado lentamente, como si fueran hormigas voraces desnudando una planta.

Ayer me contó que finalmente logró convencer a su hijo para que aceptara integrarse a un plan de recuperación en una de las tantas obras de rehabilitación de una iglesia cristiana. La Mujer de esta historia, después de varios meses conviviendo con el infierno, hace dos o tres noches que por fin ha podido dormir en calma, aunque no tenga siquiera un colchón por ahora para apoyar su cuerpo seguramente cansado.

Y ¿quiere que le diga una cosa, vecino? Le aseguro que a pesar de ser irremediablemente ateo, de creer más en Carlos Marx que en San Mateo, una profunda emoción me llenó de paz. Ojalá llegue el tiempo en que seamos los hombres y el sistema, con equidad, justicia, dignidad y tantas otras cualidades hasta ahora faltantes en nuestra estructura social, los que tomemos en nuestras manos el futuro de los jóvenes, la tranquilidad de las madres, y la condena a los narcotraficantes que envenenan a la gurisada y les destrozan la fe.

Mientras tanto, ateo y todo, no puedo más que aceptar que sean otros los que hagan en nombre de Dios, lo que los hombres no hemos sido capaces de hacer en nombre de nosotros mismos. Al menos por ahora, mientras tratamos de no renunciar un ápice a la voluntad de lograrlo algún día.

Por eso quería, vecino, simplemente, compartir con usted esta historia. Que a pesar de todo, como tantas otras que suelo compartir a veces, es también una historia de amor. *

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