La vuelta de Torquemada

Según se informó el jueves pasado, el Tribunal de Gran Instancia de París prohibió, «por blasfema», la colocación en la vía pública de un mega-afiche publicitario de una marca de ropa (que LA REPUBLICA reprodujo en exclusiva). La pieza consiste en una réplica trucada de «La última cena», donde las figuras del famoso mural de Leonardo (el Maestro y sus apóstoles) han sido remplazadas por bellas modelos –en posiciones lascivas y sugestivas– que lucen las últimas creaciones de un modisto. La Conferencia Episcopal francesa acusa a la empresa de utilizar una escena sagrada con fines comerciales y entiende que el afiche lesiona de manera agresiva y gratuita las creencias de los católicos.

Como no profeso religión alguna –todavía no decidí si por ateo o por agnóstico–, me cuesta meterme en la piel de los devotos y tratar de sentir lo que ellos ante la vista del cartel. Máxime teniendo en cuenta que soy especialmente amigo de las transgresiones: desde siempre he tenido por más que saludables la irreverencia, la informalidad y en general toda actitud que se salga de los cánones impuestos por los usos y costumbres dominantes.

Aclarado este punto, y aunque la publicidad cuestionada y censurada por la ira católica me parece un hallazgo, admito que si de algún modo ofende a un sector de la comunidad, sería pertinente retirarla de la vía pública. La tolerancia y la no discriminación tienen esas cosas, ¿vio?

Pero el asunto se complica porque esta prohibición judicial viene a sumarse a las anatemas lanzadas por el Vaticano contra «El Código Da Vinci» pocos días ha. «Â¡No lean ni compren ese libro!», clamó el cardenal Tarcisio Bertone, cuya cólera le hizo pedir a los libreros retirarlo de sus escaparates.

No he leído la ya célebre novela de Dan Brown, pero espero hacerlo cuando mi hija la termine y me la preste. No estoy, por tanto, en condiciones de emitir juicio alguno sobre el polémico libro que tanta polvareda está levantando por estos días. Tampoco sé si me gustará o no, pero de lo que estoy seguro es que la extemporánea reacción vaticana contra la novela aumentó considerablemente mi interés por abordarla; y también se incrementó mi rechazo visceral hacia todo tipo de censura. Desde las practicadas por la Inquisición, pasando por la quema de los libros de Don Quijote llevada a cabo por el cura y el barbero, las más recientes en la Alemania nazi, hasta la prisión de varios escritores rusos (en épocas de Stalin y posteriores), hasta el caso de Salman Rushdie, condenado a muerte por un ayatolá, las censuras y prohibiciones nos repugnan a todos y envilecen a quienes las practican sin importar las razones esgrimidas para hacerlo.

Porque detrás de cada acto de censura (como detrás de toda arbitrariedad) se esconde el miedo. Detrás del acto de aparente fuerza, emerge la fragilidad, asoma la falta de confianza en los postulados que se sustentan.

Defender una doctrina, una ideología, o una religión con armas tales es la mejor manera de atacarla y denigrarla. *

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