Decir adiós no es dirse
Esta es la vez 343 que me comunico con usted a través de esta generosa página editorial que tiene abierta el diario LA REPUBLICA. Han transcurrido unas cuantas primaveras. Siempre he procurado razonar juntos, aportando mi punto de vista a la discusión rica y compleja de esta fuerza política tan peculiar, tan uruguaya, que nos ha venido convocando desde hace treinta y cuatro años y que ahora se está estrenando en el gobierno. También será la última por algún tiempo.
La razón radica en que el Poder Ejecutivo me ha propuesto –y el Senado acaba de dar el visto bueno– para presidir el Directorio del Ente Autónomo Pluna. Y de acuerdo con el artículo 77 de la Constitución de la República, mientras esté desempeñando dicho cargo deberé abstenerme «bajo pena de destitución e inhabilitación de dos a diez años para ocupar cualquier empleo público, de formar parte de comisiones o clubes políticos, de suscribir manifiestos de partido, autorizar el uso de su nombre y, en general ejecutar cualquier otro acto público o privado de carácter político, salvo el voto.» Por lo tanto, también presentaré mi renuncia a la Presidencia del Comité de Base Portones de la coordinadora K y no podré continuar participando de las comisiones de programa, ni ser delegado en los congresos del FA. Para uno, que ha militado en política desde los pantalones cortos, es un corte complejo; créame.
Pero también sé que cuando una fuerza política asume el gobierno, lo debe hacer con todo. Ya no es nuestro tiempo de reclamar, sino de resolver, aplicando la parte del programa que toca a cada uno, conociendo las limitaciones que imponen el estado en que se encuentra cada cosa cuando uno llega, así como las circunstancias que habrá que afrontar en cada momento. Ese es nuestro tiempo.
La propuesta y designación del Poder Ejecutivo constituyen una distinción para cualquier involucrado. Yo no soy la excepción; y así me lo han hecho sentir los cientos de compañeros que me han visitado, llamado por teléfono, o enviado correos electrónicos.
Pero es también un desafío; porque en el pequeño espacio que me corresponde en la administración del Estado, deberé aplicarme en el sentido que describo en el párrafo anterior.
La circunstancia que enfrentaré en Pluna –junto al compañero arquitecto Carlos Galcerán y otro director de otro partido que todavía no ha sido designado por los motivos por todos conocidos– es la de procurar darle protagonismo al paquete accionario del Estado (49%) en la conducción de una sociedad anónima que hoy administra en solitario y en exclusiva uno de los socios privados, poseedor, también él, del 49% de las acciones. El contrato firmado hace diez años, durante la presidencia del doctor Lacalle, es muy malo y constituye un mal ejemplo de constitución de empresas de economía mixta. Para graficarlo en términos futbolísticos, diré que los directores representantes del Estado en la Sociedad Anónima Pluna tienen todo el derecho de sentarse en un asiento de Palco, gritar los goles y, eventualmente, hasta insultar al árbitro. Pero tienen vedado pararse al costado de la línea de cal para dar instrucciones o cambiar algún jugador. Agreguemos que la empresa arrastra un abultado déficit que se fue acumulando a lo largo de los diez años transcurridos.
De todas maneras, es nuestra línea aérea de bandera, nuestro vínculo aéreo con la región y parte de Europa y un embajador de privilegio para el fomento del turismo, al mismo tiempo que el único medio de transporte de cargas uruguayo internacional.
Nos corresponde hallar los caminos para que la empresa supere la profunda crisis crónica, se fortalezca y constituya un buen ejemplo del Uruguay productivo que buscamos. *
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