Nos vamos

Es notorio que desde mucho antes de los comicios nacionales he sido partidario de acuerdos programáticos de mi partido Blanco con el Frente. Afinidades ideológicas con importantes sectores frentistas e incluso programa del Nacionalismo primigeniamente hecho en una reproducción posterior en fórmulas e ideas en la de izquierda, facilitaban concordias nacionales hoy frustradas. Cuando hay acuerdos con ánimos constructivos deben respetarse. No se puede llegar a acuerdos en base a fórmulas y postulados concretos y posteriormente porque no nos dimos cuenta de tal o cual previsión por impericia, descuido o inexperiencia modificamos lo planteado o comprometido. Una variante de los colorados, que se «distraían» y no cumplían posteriormente con lo pactado. No es serio. Y obliga a los blancos a dar el «paso al costado». También es cierto, que no es mala cosa examinar antecedentes y preconceptos previos al arribo de estos acuerdos. La izquierda tradicional llega al poder después de muchos años de frustraciones u olvidos con una natural expectativa muy humana y razonable. Y también, muy cierto, que durante décadas los distintos gobiernos colorados y los tres blancos no le dieron participación, salvo alguna figura aislada y puntual, de los diversos cogobiernos de esos tiempos. Las concepciones eran muy distintas y en la realidad de los hechos, se fueron radicalizando, también razonablemente. Los «fundacionales» en líneas más conservadoras con también excepciones, ejemplo Wilson, y a la «zurda» en situaciones más extremas como fue el advenimiento de la corriente tupamara. Y reconozcamos objetivamente, el desdibujamiento de los grandes partidos que llevó no sin cierta razón a los frentistas a afirmar que blancos y colorados eran lo mismo. Por supuesto que propagandísticamente era una simplificación conveniente electorera. Aunque a poco ir avanzando en la crisis, se vieron claras diferencias con los colorados y a su vez proximidades del nacionalismo con sectores frentistas tal vez provenientes de un mismo origen añoso. Lo cierto es que se llega a la recomposición o recule sobre la otorgación de un segundo cargo en el Banco República ya dado a los blancos, y la resolución por parte del Honorable del retiro de todos los nomimados para cubrir los cargos del presente gobierno la oposición. Y esto es por cierto grave sin querer magnimizar el hecho. Aunque la palabra pueda «sonar» ofensiva, no hay controles. Y refiero a «controles» no porque se piense que hubiese «robos o faltantes», sino porque buena cosa es la diversidad de opiniones y enfoques que sí pueden controlar las resoluciones que aunque de buena fe y honestas como deben ser, pueden sufrir equívocos humanos que lleven a falsas conclusiones y disoluciones. Los partidos tradicionales tienen con sus aciertos y sus errores, el «oficio» que dan los años del ejercicio del poder. Por otra parte, no olvidar en los hechos los porcentajes de apoyo popular. El Frente triunfó con una mayoría del 51% y fracción en los últimos comicios. El otro 49% o 48% que no los votó, queda huérfano de representación en los entes. Se me puede decir que los tienen en las Cámaras de Diputados y Senadores. Pero todos sabemos que no es lo mismo. La «información» doméstica del gobierno sale de los órganos estatales en sus administraciones. Las Cámaras dependen de los «pedidos de informes» que de vez en cuando se contestan, lo sé por experiencias comunes cuando fui edil, o de lo que algún funcionario del mismo «pelo» partidario pueda «soplar» al oído, datos más o menos fidedignos.

Aunque la obligación sea decir las realidades, es humano que nadie informe haciéndose el «hara kiri». Se puede caer y sucede por cierto, en un gobierno similar o parecido a los totalitarios o de partido único. ¡Ojo con los absolutismos! La situación creada, radicalizada de ambas partes, deja además de lado un acercamiento dialogador cordial de ideas entre gente aparentemente afín. Las relaciones con Cuba, el futuro impuesto a la renta, tan discutido, las venias que ya se venían votando, la resolución conjunta en la crisis de Cofac, se podía tomar como un preámbulo prometedor de un gobierno «consensuado» con una oposición que no obstante discrepancias naturales, se regulara civilizadamente. ¡Es obvio que ahora «todo cambia»! El «tono» agresivo o enojado de las partes, con razón o sin ella, y el ánimo que ya se nota en el ciudadano partidario común, como en el «truco», empieza a «orejearse» el encono de las respectivas colectividades. Muchas veces «sugerimos» que entre gente razonable se pudiesen encontrar en alguna «pulpería» sanducera o «boliche» de La Teja, grapita de por medio a «prosear» y llegar a acuerdos por el bien de todos. No sirve sacarse «ventajitas» o tener eternas prevenciones de uno u otro lado, propias de épocas de la «guerra fría» o enfrentamientos radicales de «lucha de clases».

El enemigo no está dentro salvo algún vendepatria. Está fuera. En los imperios, en los grandes capitales explotadores, en las multinacionales, en los que se quieren quedar con nuestras producciones y riquezas que son garantías de soberanías y libertades. El arbolito no debe tapar la visión del monte. Iba a soltar al «tordillo». Pero ¡ya veo que me vuelven a llamar a filas! ¡Es una lástima! *

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