Tiempos violentos

En la madrugada del domingo, cuando el baile estaba en su apogeo y cerca de dos mil personas se movían al ritmo de la cumbia, alguien creyó del caso aprovechar la circunstancia para saldar una deuda pendiente y ejecutó a uno de los bailarines disparándole un balazo en la cabeza.

Las crónicas de los diversos medios son coincidentes en el relato de los hechos. La reacción de los compañeros de la víctima fue respondida con más disparos que hirieron a varios de ellos. Pero, aparentemente, el luctuoso incidente no operó mengua alguna en el espíritu festivo que animaba a los concurrentes al baile. Nadie se mostró dispuesto a suspender la algarabía, y el penoso suceso no fue óbice para que la diversión continuara, postura que fue acompañada por el dueño del local. «Los que asisten a los bailes son personas con problemas, que necesitan sacarse las amarguras bailando», fue el argumento esgrimido para explicar la decisión de no interrumpir la fiesta. Como el cadáver obstaculizaba la normal prosecución de la reunión danzante, éste fue prolijamente desplazado hacia un rincón, de manera que los asistentes, estimulados por los sones de la orquesta cuyos decibeles no disminuyeron, continuaron solazándose y olvidándose de sus amarguras.

La policía se hizo presente en el lugar del crimen y procedió a desalojar el local; medida obvia en todo procedimiento. Sin embargo, los frustrados danzarines –ofuscados por la brusca interrupción de su algarabía– no lo consideraron así y resistieron violentamente el desalojo. Como de todos modos debieron abandonar el centro recreativo, una vez en la calle, exteriorizaron su irritación procediendo a cometer todo tipo de tropelías y sembrando el terror entre el vecindario.

Este nuevo insuceso viene a sumarse a una alarmante seguidilla de hechos violentos que sacuden a la sociedad. Recordemos lo ocurrido en Euskal Erría 70, las trifulcas en espectáculos deportivos, o las innumerables disputas personales zanjadas a tiros.

Todo ello desnuda una realidad de violencia latente, subterránea, que ha venido ganando poco a poco a una sociedad fracturada, desestructurada.

La miseria está sin duda en el origen de esa fractura, pues ella es responsable directa de la marginación de que han sido víctimas (y siguen siéndolo) miles de compatriotas excluidos no sólo del consumo sino también de una vida decorosa que les permita satisfacer sus necesidades mínimas.

Esa miseria material produce, inexorablemente, un descaecimiento de los valores. La deserción escolar, la exclusión del sistema educativo, la pérdida de parámetros de convivencia, todo ello tiene una incidencia directa en la fractura social.

Pero detrás de los hechos reseñados, asoma también el problema de la falta de lugar, la falta de espacios y de perspectivas para los jóvenes de que adolece la sociedad actual. Como bien sostiene Gonzalo Beade, «La pobreza extrema y la falta de oportunidades generan frustración, resentimiento, reacciones anitsociales, y es una bomba de tiempo sobre esta ex sociedad integrada. Pero también genera violencia que los jóvenes sean permanentemente marginados, sospechados, indagados, porque hacen con sus vidas lo único que los adultos bien pensantes les permitimos: aburrirse en una esquina».

Será prioritario, pues, diseñar políticas de Estado para la juventud. Las querellas generacionales siempre han existido, pero nunca como hoy es tan palpable la brecha y la incomunicación entre jóvenes y adultos. Será preciso que desde los organismos estatales correspondientes (intendencias, ministerios de Educación y Cultura, y de Desarrollo Social), con el apoyo de ONG con experiencia en el asunto, se despliegue una tarea que contemple a los jóvenes, que los comprenda y que les dé el lugar que hoy no tienen. *

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