Consecuencias del modelo
El neoliberalismo no sólo ha resultado un modelo nefasto desde el punto de vista humano.
No sólo ha promovido una de las más escandalosas injusticias en la redistribución del producto; no sólo ha marginado a vastos sectores de la sociedad; no sólo ha generado desempleo y precarización del trabajo, todo lo cual ha hecho hablar a muchos de un fracaso del modelo. Aunque otros, en cambio, entienden que el modelo liberal y aperturista ha logrado éxitos rotundos pues ha permitido un crecimiento sostenido y el enriquecimiento sin límites de unos pocos; y que poco importa que ello se haya logrado a costa del empobrecimiento y la exclusión de los más.
Los panegiristas del neoliberalismo no se cansan de mostrar los alentadores índices de la economía chilena, cuyos indicadores macroeconómicos muestran una actividad espectacular: crecimiento de casi un seis por ciento en 2004, muy bajos índices de inflación, equilibrio fiscal determinado por la regla del superávit estructural, reducido nivel de riesgo país, etcétera. Por cierto que quienes cantan loas al ejemplo chileno soslayan cuidadosamente el hecho de que es uno de los países con mayor desigualdad en la distribución del ingreso: ostenta el coeficiente 58 del índice Gini que mide la equidad de cero a cien, sólo superado por Brasil (país de desigualdad endémica) con 59,3.
Tampoco miran la experiencia de otros países donde se aplicó el modelo a rajatabla y que sufren hoy sus dramáticas consecuencias, como es el caso de Argentina, donde las privatizaciones operaron exactamente en sentido inverso de las predicciones del fundamentalismo neoliberal. Cuando el lucro deja de ser el motor del crecimiento económico para convertirse en un fin en sí mismo, es imposible pretender que la riqueza generada sea distribuida entre quienes la generaron.
Es que la desigualdad social es consecuencia necesaria del modelo. Un modelo que prioriza el crecimiento sin importar los costos, que preconiza el éxito personal a cualquier precio, que exige la ausencia absoluta de todo control estatal, que presupone la flexibilidad laboral para garantizar mayores ganancias a las empresas, no está en condiciones (es una contradicción flagrante para sus postulados) de promover la justicia distributiva.
Ahora bien, más allá de estas consideraciones de innegable tufillo humanista (incompatible con la filosofía inhumana del neoliberalismo), el modelo se ha mostrado ineficaz también en cuanto a su capacidad de promover eficiencia y crecimiento. La panacea hace agua y anega el desarrollo.
La reciente decisión del nuevo titular del MTOP, Víctor Rossi, de rescindir el contrato con la empresa concesionaria de Ruta 1, ha dejado al desnudo otra trampa más de la privatización. Los alegres y optimistas anuncios del ministro anterior, don Lucio Cáceres (que siguió la senda trazada por su antecesor, Juan Carlos Raffo), respecto a las bondades de la concesión, quedan patéticamente desmentidos por la realidad denunciada por Rossi. Se demostró que el consorcio no invirtió capitales suficientes como para hacerse cargo de la obra, aunque embolsó varios millones de dólares por concepto de cobro de peajes.
Esto, unido a una serie de incumplimientos flagrantes y atrasos, más una deuda con la DGI, ameritan la revisión y posterior rescisión del contrato, medida que debería haberse tomado hace unos cuantos años pero que el gobierno batllista –por negligencia o implicancia– se mostró omiso en adoptar.
Esta situación no es sino una cuenta más del largo rosario de calamidades que el gobierno progresista hereda de gobiernos anteriores que durante dos decenios condujeron el país según los dogmas neoliberales. Un rumbo que, por inoperancia, ineptitud, desidia o connivencia, se mantuvo hasta hoy con las consecuencias anotadas.
Esta decisión del MTOP marca el comienzo de una gestión que propenderá sin duda a la transparencia y a la eficiencia que todo el país reclama. *
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