Nos quedamos con el cambio
El 1° de marzo de 2005 ya es historia y lo fue desde el 31 de octubre de 2004. Incongruencia si se quiere, pero realidad desde que esa fecha quedó marcada por el pueblo para que fuera histórica cuatro meses antes de llegar a ese día. Todavía es difícil darnos cuenta de la dimensión exacta del hecho, pero es innegable que desde épocas muy lejanas en el tiempo, el pueblo no experimentaba una sensación de esperanza mezclada con emoción y alegría, como la que hoy alcanza a casi todo el país.
Es que tampoco hay antecedentes del sufrimiento padecido en los últimos tiempos por los grandes sectores de la sociedad. Los males del pueblo no se arreglan con números que en su globalidad no hacen más que medir las consecuencias de la injusticia. Si los números son tan buenos, por qué tenemos un récord de miseria. Si el crecimiento económico es mayor a lo previsto, por qué hay brotes epidémicos de enfermedades que son generadas por la indigencia. Si las exportaciones son las mayores de la historia, por qué los desnutridos son cada vez más.
Se ha materializado un proceso de concientización que viene arraigándose en la gente desde hace muchas décadas. Es un proceso que tiene mucha más edad que el partido que ganó las elecciones. Podríamos decir que tiene la edad de la injusticia social, de la discriminación de estratos clasistas y de la prédica capitalista que suelda el lucro con la explotación.
Los hechos han desacomodado a muchos que eran el lujo del encasillamiento formal, los dueños de la verdad, los infalibles en las decisiones. No estaban preparados para esto, porque cuando la vieron venir, miraron para otro lado. Hoy acomodan el cuerpo a la derrota y dicen que están «contentos» de que el próximo gobierno «siga con los mismos lineamientos» que ellos le imprimieron a la economía. Qué macabra justificación al desbande, sabiendo que no es así. Sabiendo que la gente votó por otra cosa, que votó para que muchas cosas dejaran de ser como son.
Llegan tiempos de cambio. Algunos se harán aceleradamente porque no pueden esperar. Otros, serán más paulatinos, graduales, pero el cambio vendrá porque esta vez es entre todos. Al gobierno de Batlle fueron dos entidades gremiales a agradecerle servicios particulares con manifestaciones al Palacio Libertad. Ese es el producto que se consigue cuando se gobierna con nombre y apellido. Seguramente al nuevo gobierno nadie le va a tener que ir a agradecerle nada, porque un gobierno auténtico de pueblo, debe ser para todos.
La esperanza no nació ahora, nació hace muchos años. Ahora comienza a concretarse, y esa concreción incluye primero a los más desposeídos, a los que menos tienen. A los que pasan hambre y frío y no pocas veces no tienen donde dormir. Son los olvidados de la oligarquía que reinó. Después vendrá el turno de los trabajadores, víctimas de un tráfico infame que ha fomentado la proliferación de empresas que venden mano de obra. Porque no es novedad que haya un grupo de asiáticos traídos como esclavos. Los trabajadores uruguayos trabajan como esclavos desde hace ya muchos años, desde cuando Lacalle y Sanguinetti oficializaron la esclavitud con la flexibilización laboral y terminaron con los derechos del trabajador, aunque muchas veces hagan gárgaras con Oribe y Batlle y Ordóñez.
Pero también están los jubilados y los pensionistas. Sus percepciones dependen de una disposición constitucional que la ciudadanía incluyó en la carta pensando en la justicia del salario digno y en acompasar las prestaciones previsionales a las ganancias de los trabajadores. Los gobiernos que hemos soportado en los últimos quince años, súbditos incondicionales de los organismos financieros internacionales de crédito, han hecho de la gran mayoría de las pasividades una percepción simbólica, por lo que una gran masa de uruguayos, trabajadores de ayer que durante treinta, cuarenta o cincuenta años dieron lo mejor de sí a sus fuentes de trabajo, hoy son miserablemente remunerados como consecuencia de la infernal maquinaria que desde afuera, montaron los intereses financieros con la complicidad de los que hoy tienen que «balconear».
Hoy tenemos fe, la que nunca perdimos pero que reafirmamos cuando del otro lado del mostrador están varios de los que sufrieron como nosotros. Y hay algo que nos parece hasta raro quizá por la falta de costumbre. Algo que por distinto ya tiene valor, pero que adquiere otra importancia cuando de gobernantes se trata; algo muy simple pero que nos era vedado por los «jurásicos» que gobernaban:
Hoy nos escuchan y eso ya tiene un gran significado porque pueblo y gobernantes pueden conversar. Así de simple pero, qué cambio enorme. *
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