Astori y Palocci: las barbas del vecino

Esta corta serie de artículos que comencé la semana pasada, y que busca extraer de la experiencia brasileña de estos dos últimos años algunas reflexiones para el gobierno que se inicia en Uruguay, no toma su título del simple hecho de que Lula tenga barba. Esto me trajo a la memoria aquella antigua sentencia: «Si ves las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo».

Y hablando de pelos en la cara, la barba de Lula ya no es tan negra e hirsuta como en sus tiempos sindicales; ella luce sus canas y ahora está prolijamente recortada. Más prolijo aun es el barbijo de su ministro de Economía, Antonio Palocci, un personaje clave en el actual gobierno del Brasil.

No era nada fácil tomar la cartera de Economía –lo que significa la conducción de la política y del equipo económicos– dos años atrás, al comenzar esta administración; y más para alguien que no había sido formado en esa compleja disciplina.

Antonio Palocci no era economista, muy por el contrario era médico, una profesión con muy pocos puntos de contacto con la tarea que tenía que desempeñar. ¿Cómo podía un doctor en medicina tomar las riendas de la economía de un país enorme, con una deuda externa tan grande como él, en una coyuntura tan compleja como la que existía al comenzar este gobierno? ¿Era él, el doctor Palocci, el mejor de los timoneles para guiar la nave en aguas que seguramente se presentarían borrascosas? Muchos lo dudaron, Luiz Inácio da Silva no; y hasta llegó a bromear afirmando que, como la economía brasileña estaba en el CTI, ponía un médico a controlarla.

La ventaja que tenía Palocci era no llegar directamente del hospital al Ministerio de Economía. Por cuatro años, había sido prefeito (intendente) de Riberao Preto, una progresista ciudad y municipio del interior del estado de San Pablo. Esa experiencia seguramente le enseñó mucho y lo preparó para la delicada tarea que le esperaba.

Hoy, dos años después, casi contra todos los pronósticos, Antonio Palocci, en todas las encuestas de opinión, es por largo margen el ministro más popular del gabinete. ¿Cómo lo logró? Sin dudas fue con hechos y no con palabras.

Una de las mayores virtudes de Palocci en estos dos años –además de hacer lo que se tenía que hacer en materia económica– ha sido hablar poco. Eso no quiere decir no hablar nunca, ni nada, ni entreverado, como hacen muchos dignatarios que rechazan y destratan a los periodistas.

Palocci no fue así y no es así. El acepta el interrogatorio de los reporteros, cuando los hechos lo ameritan, y sus rspuestas son cortas, concisas y siempre bienhumoradas. No es que haga chistes, que no acostumbra hacerlos; más bien es serio, pero nunca dramatiza. Siempre está con una sonrisa controlada. No se lo ve preocupado, en su tranquilidad parece seguro de sí mismo y transmite esta confianza. No es un hombre carismático; pero el brasileño común ha aprendido a confiar en él, quizás porque a diferencia de otros no se deshace en promesas. También ha sido muy hábil en no llevar nunca las cuestiones al terreno ideológico –esto es de derecha, aquello es de izquierda–, simplemente dice hacer lo que tiene que hacer. La economía de estos países no ofrece otras chances. Y el brasileño de la calle lo capta, aunque muchas veces los resultados de esta política no hayan llegado a sus bolsillos; pero los enorgullece ver que su país es respetado en el mundo, que su economía crece y bate récords, y, por lo tanto, confía en que en un día no muy lejano esas primaveras arribarán a su jardín.

Este orgullo que tienen los brasileños de que su país sea alguien a nivel mundial ha ayudado mucho a la actual popularidad de su ministro de Economía. Es lo que lo sustenta: si el país mejora –piensa el hombre de la calle–, estoy próximo a sentir esas mejoras.

Escribo esto y no puedo dejar de pensar en Danilo Astori, ya sentado en la incómoda silla de ministro de Economía. Lo conozco, desde los tiempos de Opinar, y sé de su hombría de bien y de sus mejores intenciones. Ojalá las cosas le rueden tan bien como le han rodado a su colega brasileño. Se lo merece y también se lo merecen los uruguayos, engañados en los últimos casi veinte años por los presidentes Sanguinetti, Lacalle y Batlle.

Capacidad le sobra a Danilo Astori para la función. El, a diferencia de Palocci, es un economista de fuste y de renombre. También conoce a fondo la realidad del país. Lo que, por ironía de la política, lo puede perjudicar es ser líder de uno de los partidos que componen el Frente Amplio (Palocci fue coordinador del programa de gobierno del PT, pero nunca lideró ninguna de sus fuerzas y en la elección no fue candidato a ningún cargo electivo).

El hecho de tener su propio grupo político ya ha hecho que las críticas a Astori desde otras tiendas interpartidarias sean más feroces y encarnizadas. Eso debe volver al ministro más cuidadoso aun en sus declaraciones. Precavido, escueto y sobre todo siempre bienhumorado. Pero lo crucial es el apoyo del Presidente. Nada podría haber logrado y poco hubiera durado Antonio Palocci en su cargo, si no hubiera tenido el soporte constante y total que recibió de Lula.

El siempre lo defendió con la capa puesta y la espada en la mano contra todos sus detractores, fueran quienes fueran. Nunca vaciló en su apoyo total y decidido y esto fue fundamental para afirmarlo en su puesto.

Astori necesita que Tabaré Vázquez le dé un respaldo similar. Sin él, nada podrá hacer. Con él, tal vez tengamos, dentro de dos años, a Danilo Astori como el ministro más popular del gabinete; y esto sería bueno para todos los uruguayos. *

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