Escrito por: NIKO SCHVARZ
Muchas noches me desintoxico de la CNN (con sus gruesas deformaciones y omisiones) mirando por cable el canal francés TV 5, cuyos informativos son un modelo de profesionalidad y que cuenta además con programas de excelente nivel. Hace unos dÃas, uno de ellos despertó en mà viejas vivencias y me sugirió unas reflexiones que deseo compartir.
El programa de esa noche (no sé si es una serial) se llamaba “La boîte noire”. La traducción literal es: “La caja negra”, que designa la televisión. Pero subliminalmente, por paronimia, se aproxima a La bête noire, “la bestia negra”, expresión que en algunos casos se le endilga a la TV. El programa apunta, polémicamente, a demostrar lo contrario. O sea que la televisión, bien utilizada, puede rendir servicio a la colectividad. Y que en algunos casos puede ser insustituible en su función de que la verdad llegue al pueblo.
Cuando vi las imágenes del primer episodio, me sobresalté. Mostraban a un grupo de policÃas apaleando y pateando a un negro, que se retorcÃa de dolor en el suelo. Recordé de inmediato dónde y cuándo habÃa visto esas escenas. En marzo de 1991 estábamos en Nueva York, en un hotel con un aparato de TV que abarcaba decenas de canales. Esas escenas aparecieron en el primero que sintonicé, y haciendo zapping advertà que todos los demás las estaban reproduciendo, con reiteración. Eran terribles. Durante varios minutos los policÃas descargan sus cachiporrazos sobre el negro, en la cabeza y en todo el cuerpo, lo patean con sus botas en los riñones y en la espalda, lo pisotean, sin parar un segundo. El nombre de la vÃctima es Rodney King. Sufrió fracturas varias, en la cara y en el cuerpo, hematomas múltiples, pérdida de sangre. Después se supo que no habÃa razón ni pretexto para esa salvajada. Eso ocurrÃa en Hollywood, cerca de Los Angeles, pero lo que el mundo conoció, poco después, fueron las consecuencias. Las multitudes de ciudadanos negros, indignadas y enardecidas, salieron a las calles de Los Angeles, incendiaron locales comerciales, destruyeron todo a su paso, clamando por venganza y creando una conmoción general durante varios dÃas.
El programa de la TV francesa revivÃa el episodio inicial y mostraba cómo se habÃa conocido. Entrevistaron recientemente a un ciudadano norteamericano que vivÃa entonces cerca del lugar de los hechos. Contó que pocos dÃas antes habÃa adquirido una pequeña filmadora, y cuando por casualidad presenció los episodios desde la ventana, los filmó de principio a fin. Horrorizado, fue al comando policial próximo y solicitó información y una explicación. Se las negaron de plano. Concurrió a una emisora televisiva local. Su director de entonces también fue entrevistado por TV 5. Dijo que primero se preocupó por averiguar si la filmación era auténtica. Cuando lo verificó, decidió emitir la filmación, lo que generó una tremenda conmoción. Todos los demás canales se vieron obligados a reproducirla. Se quebró la conspiración del silencio. En el programa se le pregunta al antiguo director si, a la luz de lo sucedido a posteriori, cree hoy que hizo bien en divulgar la filmación. El entrevistado medita, y responde en tono muy serio y responsable. “SÃ, hice bien y lo volverÃa a hacer –dice– porque la función de los medios es decir la verdad y no ocultar los hechos”.
La noche pasada, esa imagen de los policÃas masacrando al ciudadano negro en 1991 se superpuso en mi mente a los torturadores del ejército norteamericano en las prisiones de Abu Ghraib en Irak y en la base de Guantánamo en Cuba. Están hechos de la misma madera, inspirados en la misma concepción. Eso es lo que les inculcaron en el ejército norteamericano. Los que perpetraron las torturas aberrantes en el paÃs invadido y en el territorio usurpado, los que se fotografiaban solazándose junto a sus vÃctimas como los soldados nazis, arrastrándolos como perros y sometiéndolos a las mayores depravaciones, se han degradado a una condición subhumana. Pero gozan prácticamente de impunidad. Los juicios ante los tribunales militares norteamericanos (que no tuvieron más remedio que instalarse cuando estos hechos, mantenidos en secreto durante años, saltaron a la luz pública) exculparon a todos los mandos, empezando por Rumsfeld, y pusieron de chivos expiatorios a unos militares de baja graduación que cumplÃan con celo las órdenes emanadas de arriba. Luego se registró otro caso aun más revelador, referido al soldado USA que mató a mansalva a un iraquà desarmado y gravemente herido que se desangraba en una mezquita, todo lo cual fue registrado por un periodista gráfico digno de ese nombre. El 24 de febrero, me enteré por el mismo canal de TV 5 (porque la CNN no lo dio) que el Tribunal militar norteamericano juzgó al soldado y lo declaró inocente, dijo que habÃa obrado bien y lo restituyó al ejército sin ninguna pena.
TV 5 se preguntaba: si en un caso como éste, en que se violan todas las normas civilizadas como la Convención de Ginebra y existen todas las pruebas documentales de los hechos, no hay ninguna condena, ¿es que alguna vez va a ser condenado algún integrante del ejército norteamericano?
Posteriormente, el 3 de marzo el Washington Post reveló que un prisionero afgano, encarcelado en una prisión secreta controlada por la CIA en el norte del paÃs, murió congelado después de que lo arrastraran desnudo y ensangrentado en medio del crudo invierno del año 2002. Recién ahora se destapa. Y estos hechos configuran apenas la punta del iceberg.
Los culpables de estas monstruosidades son los que pontifican sobre los derechos humanos en el mundo, los que pretenden inculpar a Cuba y Venezuela a ese respecto, los que reparten año a año certificados de buena conducta. Los criminales de lesa humanidad metidos a predicadores de la moral.
Escrito lo que antecede, en otro acto inaudito, las tropas norteamericanas acribillaron con más de 30 disparos el auto en que la recién liberada periodista italiana Giuliana Scrigna se dirigÃa al aeropuerto de Bagdad. QuerÃan matarla para impedir que cuente lo que vio en Irak.
Volveremos sobre el tema. *
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