El Día Internacional de la Mujer
En los umbrales del tercer milenio, la civilización –nos referimos a todo el globo pero especialmente a la llamada «occidental y cristiana»– exhibe aún facetas oprobiosas que opacan los avances y progresos logrados durante siglos por el ser humano en varios campos. Esas aristas irritantes ponen en tela de juicio precisamente el vocablo «civilización» para aludir a la Humanidad.
Como en tiempos en que las hordas se disputaban un territorio por medios bélicos, aún persiste el recurso de la guerra como herramienta idónea para la solución de conflictos. El menosprecio que muestra el imperio hacia el derecho internacional y hacia los organismos encargados de aplicarlo; la prepotencia (política y/o económica) de los poderosos, émulos modernos de los señores feudales; la intolerancia; las desigualdades e injusticias insultantes; el trabajo infantil; las discriminaciones varias (religiosas, étnicas o de género) y un largo etcétera, son todas características que, como rémoras de tiempos de barbarie, están presentes en la sociedad globalizada de comienzos del siglo XXI.
Dentro de este cúmulo de entuertos que agravian a los espíritus libres, la condición de la mujer emerge como una iniqudad sublevante, y parece inconcebible que hoy, 8 de marzo de 2005, tengamos que llamar nuevamente la atención sobre la situación de discriminación y de desprotección que aún hoy –a pesar de los avances logrados merced a la lucha denodada de organizaciones civiles– deben soportar las mujeres.
Estas, al igual que los grupos sociales más débiles (niños, adolescentes, ancianos), son postergadas sistemáticamente en sus derechos por una sociedad heredera de un machismo milenario. Aunque muy lejos de los extremos monstruosos que significan las aberraciones y crueldades a que son sometidas las mujeres en algunas sociedades musulmanas fundamentalistas, Uruguay exhibe, no obstante, ciertos rasgos que lo ubican en un lugar nada honroso.
Nos referimos, concretamente, a la violencia doméstica, cuyas víctimas son en su inmensa mayoría mujeres, y a la vigencia de la penalización del aborto.
Los altos –y alarmantes– índices de hechos catalogados como de «violencia doméstica» que registra nuestro país, deben movernos a la reflexión, pues permiten sospechar que, más allá de la miseria y la exclusión que están en el origen de los delitos contra la propiedad, un clima de violencia se ha instalado en nuestra sociedad; y específicamente, esa violencia es ejercida por hombres contra mujeres. El problema radica en que la respuesta violenta parte, por lo general, de quien se sabe o se siente más fuerte: padres contra hijos, policías contra jóvenes, hombres contra mujeres.
Ahora bien, en lo concerniente a la violencia doméstica, bueno es recordar que se ha legislado específicamente en la materia y el Ministerio del Interior cuenta con reparticiones especiales donde radicar denuncias y que, se supone, deben brindar protección a los denunciantes vulnerables. No obstante, quedó demostrado que las medidas legales y la tarea preventiva no son suficientes para sofrenar los arrebatos de violencia ejercida contra los más débiles.
Y en cuanto a la otra materia pendiente, la despenalización del aborto, recordemos que hace casi un año, un proyecto de ley llamado de Defensa de la Salud Reproductiva naufragó en el Parlamento como resultado de la actitud hipócrita de algunos legisladores.
No se trataba de una ley que meramente despenalizaba el aborto, sino que permitía que se llegara a ese extremo cuando se hubieran agotado las instancias anteriores y cuando, responsablemente, una mujer (o una pareja) ha resuelto interrumpir el embarazo siempre que la intervención quirúrgica se practicara dentro de las doce semanas de gestación y no más allá de ese plazo. No era, pues, una ley que promoviera el aborto, como maliciosamente se pretendía de parte de sus detractores.
Como puede verse, queda mucho camino por recorrer hasta derrotar los resabios machistas de la sociedad y terminar con una discriminación abominable. *
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