El gobierno del cambio

Desde que se conocieron los resultados de las elecciones del pasado 31 de octubre, la idea de que el pueblo había optado por el cambio se convirtió en un lugar común.

Ya durante la campaña electoral, el eslogan principal de las fuerzas progresistas («Cambiemos») apostaba a conquistar electores mediante la promesa de un cambio, algo que la izquierda venía proclamando desde mucho tiempo atrás. Pero no sólo la izquierda se presentó como abanderada del cambio. Su principal oponente –el Partido Nacional y particularmente la fracción de su candidato presidencial– también apeló a la promesa de cambios con su propuesta de «un nuevo Uruguay».

Y si retrocedemos en el tiempo recordaremos la célebre frase del doctor Hugo Batalla cuando abandonó la coalición de izquierda en busca de un camino propio: «Este país, o cambia o muere», expresión que resumía la necesidad imperiosa de cambios. Tampoco podemos olvidar el eslogan de la fórmula Sanguinetti-Tarigo durante la campaña electoral de 1984, que prometía «el cambio en paz».

Como se deduce de lo antedicho, parece claro que todo aspirante a obtener los favores de la población debe, necesariamente, ofrecer cambios. Sin embargo, también desde mucho tiempo atrás se había instalado en la percepción del colectivo social la idea de que el pueblo uruguayo era conservador y, por tanto, renuente a los cambios. Se repetía, una y mil veces, que los uruguayos temían los cambios y que practicaban con fervor el refrán detestable que sugiere mantener el statu quo: «más vale malo conocido que bueno por conocer», quintaesencia del conservadurismo timorato.

No obstante, el pueblo uruguayo viene demostrando, de manera incontrastable, una clarísima voluntad de cambio por lo menos desde hace casi cincuenta años, lo que equivale a decir a partir de que la crisis estructural empezó a hacerse visible. En efecto, cuando en las elecciones de 1958 el Partido Nacional obtuvo un resonante triunfo (el P. Colorado sólo conservó el municipio de Artigas) después de casi cien años en el llano, quedó demostrado que el pueblo uruguayo era capaz de apostar al cambio. Desde entonces, el electorado se comportó de manera oscilante optando por una u otra alternativa aunque siempre dentro de los lemas tradicionales. En 1962 volvió a ganar el Partido Nacional, pero esa vez triunfó la línea blanca independiente sobre el Herrerismo, con la famosa alternativa clara: «o gana la UBD o todo sigue como está».

En 1966, la ciudadanía optó, una vez más, por el cambio desplazando al nacionalismo y apostando a una figura –el general retirado Oscar Gestido– que prometía firmeza y honradez administrativa, y que asumió en medio de un clima generalizado de expectativa esperanzada. Las elecciones de 1971 se desarrollaron en un clima enrarecido por los desbordes autoritarios del gobierno de Pacheco Areco. En ellas, hizo su bautismo de fuego el Frente Amplio que sólo logró el apoyo del 18 por ciento del electorado. Pero aunque el delfín de Pacheco –Juan Ma. Bordaberry– fue proclamado presidente, la ciudadanía se había pronunciado, en forma claramente mayoritaria, por las opciones que significaban un cambio real, como lo eran el Frente Amplio y el Partido Nacional liderado por Wilson Ferreira.

A la salida de la dictadura, en elecciones viciadas por proscripciones varias –y sobre todo por la de W. Ferreira, que además fue mantenido en prisión–, el P. Colorado se alzó con la victoria. En la elección siguiente, la población buscó nuevamente el cambio y le tocó el turno al Partido Nacional liderado por el doctor Lacalle. En 1994 con un electorado dividido en tercios, y con un crecimiento espectacular del Encuentro Progresista, Sanguinetti obtuvo su segundo mandato; el pueblo seguía intentando cambios.

El resto es historia conocida. La reforma que introdujo el balotaje sólo sirvió para postergar por un lustro el acceso de la izquierda al gobierno nacional.

Es pues falso que el pueblo uruguayo sea conservador. Desde que la crisis hizo impacto en la sociead, siempre buscó, en el acierto o en el error, alternativas distintas.

Esta vez, la población siente que no se ha equivocado, y espera, con serenidad y madurez, los cambios prometidos. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje