Cuando otro Uruguay nace
En momentos de escribir estas reflexiones, concluidas las ceremonias y en plena celebración popular por el cambio de gobierno, hacemos un esfuerzo por tomar distancia del clima festivo que reina en la ciudad, para intentar una mirada de un poco más de largo aliento.
Buena parte de esta reflexión se inspira en las características con que, desde el 31 de octubre, ha actuado la inmensa mayoría de nuestro pueblo.
Resulta significativo, para empezar, el predominio de un sentido de alegría, hasta de euforia, por la victoria electoral obtenida por la izquierda.
¿Podría considerarse este aspecto como menor, como alegría superficial o desdeñable?
Todos sabemos que no.
Victoria electoral con sus propias reglas de juego
Haber conseguido sobreponerse a la discriminación realizada por los grandes medios, no es una hazaña cívica menor. Haber superado la mala voluntad y hasta la mala fe con que se desinformó o calumnió al progresismo y sus candidatos, es un hecho popular remarcable.
Haberse enfrentado al poder económico asociado a las cúpulas políticas de los sectores tradicionales, tampoco es desdeñable.
Desde hace más de treinta años, el país conservador no hizo otra cosa que ganar tiempo. Tiempo de impunidad. Con el crecimiento de las medidas represivas en los 60, con Pacheco y Bordaberry.
La implantación de un régimen de terrorismo de Estado con los militares y sus aliados civiles, fue también un intento despiadado, bastante ajeno a la tradición política nacional- de ganar tiempo, de seguir «taponeando» la emergencia de otro Uruguay, de otras fuerzas, otros elencos, otros sectores sociales.
La dictadura se propuso borrar del mapa a la izquierda nacional, a los intelectuales, a la Universidad y a las organizaciones sindicales.
Pese a la crueldad exhibida (y negada sistemáticamente), la dictadura no logró ese propósito de aniquilación.
La recuperación de las libertades democráticas, la realización periódica de elecciones, no impidió que, desde 1984 en adelante, la izquierda, siempre reflexionando en términos electorales, no cesó de crecer.
Creció entre las nuevas generaciones y las ya mayores. Creció en Montevideo y en las principales ciudades del Interior, creció en las zonas más acomodadas y en los barrios obreros, en el centro y en la periferia. Y después en las zonas rurales.
Pese al control del aparato del Estado por parte de los partidos tradicionales y a su monstruoso desarrollo del clientelismo, rural y urbano, la izquierda siguió creciendo.
Fue entonces que se idearon otros mecanismos constitucionales para ganar tiempo, para «empujar hacia delante»: se creó, mediante el balotaje, la habilitación legal de un pacto entre los dos partidos, para cerrarle el paso al candidato de la izquierda.
Pero la victoria no fue sólo electoral
A lo largo de estos años, mientras cambiaba la forma de inserción del país en el mundo y se intensificaba el proceso de globalización capitalista, los partidos dominantes, especialmente las fracciones lideradas por Batlle y Lacalle, intensificaron la política de encogimiento del Estado, de privatizaciones y de sumisión a la lógica del capital externo.
Pero también en ese campo la acción de las fuerzas progresistas y de izquierda y, sobre todo, del movimiento sindical, fueron capaces de generar movimientos cívicos gigantescos en defensa del patrimonio nacional.
El reciente y más eficaz de estos movimientos de defensa del patrimonio nacional, fue el que culminó el 7 de diciembre. Fue el resultado de una campaña importante, en la que las fuerzas que defienden el interés nacional soportaron la aversión de las fuerzas favorables a nuestra sumisión internacional.
La campaña de la coalición blanqui-colorada se construyó sobre la base del protagonismo de los dos líderes más relevantes del oficialismo: Julio María Sanguinetti y Luis A. Lacalle.
Del desgaste que sufrieron en esa campaña nunca más lograron reponerse. Las presidenciales del 2004 los encontraron electoralmente impresentables, estropeados, habiendo saturado a la audiencia con sus reiteradísimas actuaciones televisivas.
Ese desgaste y esa saturación desarmaron a las fuerzas tradicionales, al continuismo. No consiguieron recuperarse fueron superados ampliamente en la batalle de ideas, en la movilización, en el entusiasmo y, finalmente, en los resultados numéricos de la votación.
Las otras aristas de una gran jornada popular
El progresismo triunfó porque fue capaz de levantar propuestas no solo creíbles sino que se solventaban en el respeto a la dignidad de los uruguayos.
Una propuesta de país que devolvía la autoestima a los uruguayos, que mostraba caminos de recuperación de su sentido democrático y de igualdad. De su sentido de justicia.
El progresismo triunfó porque levantó una esperanza esencial: la de ser un instrumento para sacarse de encima a las viejas elites enquistadas, a los herederos decadentes de las eternas familias que se han repartido el predominio en el comercio y la propiedad rural, en el capital financiero y el control de los bancos. Las viejas familias que han controlado sin contrapesos ni transparencia, todos los resortes del poder estatal.
Aparecer como el instrumento cívico y político para sacarse de encima a los representantes parásitos de las fracciones parasitarias.
Se celebró el fin de un estilo y una ética de país y el advenimiento de una nueva ética
Un elemento altamente significativo, tanto el 31 de octubre como en los meses que siguieron y que afloró nuevamente en las celebraciones de ayer, es que las centenas de miles de ciudadanos que salieron a festejar no lo hacían desde la óptica de las posibles mejoras o conquistas.
No. No prevaleció la idea de recuperación de los niveles de calidad de vida perdidos, la reconquista del salario perdido, de los puestos de trabajo y las viviendas.
Esas conquistas están ahí y ya tendrán su hora de reclamo y de la elucidación de las demandas postergadas.
Pero ahora no fue esa constatación la que prevaleció.
Prevaleció la devolución del sentido de la dignidad ciudadana, de la autoestima de los uruguayos.
La constatación de que pese a todos los obstáculos interpuestos, las fuerzas políticas populares habían conseguido la mayoría absoluta.
La dignidad recobrada de que los viejos luchadores sean los depositarios de la soberanía popular, presidan ambas cámaras y las FFAA les rindan honores y desfilen en su homenaje.
A los que se quiso borrar del mapa.
De los que se dijo que «no pertenecían a la nación».
De los que se acusó de «estar al servicio de potencias extranjeras».
Hoy esos tienen el respeto y el reconocimiento.
Y la fuerza política a la que se persiguió injustamente, con sus heroicos dirigentes encarcelados, como Seregni y Licandro y sus legisladores, como Gerardo Cuesta, W. Turiansky, Jaime Pérez, Héctor Rodríguez, y tantos otros, torturados y verdugueados. O Asesinados, como Zelmar.
Esa fuerza política, el Frente Amplio, vieja y a la vez nueva, esa fuerza política inundó el país con su gente y sus banderas, con sus votos y sus representantes, con su pujanza y su programa.
Y con esa fuerza, ha renacido la confianza de los uruguayos en el futuro de su Patria. *
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