Otra jornada histórica

Los manuales de historia –y seguramente las pautas culturales también– recordarán el primero de marzo de dos mil cinco como un hito histórico, como un mojón, como una fractura que marca un antes y un después. Los uruguayos a quienes nos toca vivir este momento tenemos la percepción de que ya nada será como antes (y el sano deseo de que así sea).

El día de hoy será recordado como otra jornada histórica, la cuarta de una seguidilla que –en pocos años– abrió el cauce a la esperanza. En diciembre de 2003, la derrota aplastante del modelo privatizador que la derecha se obstinó en impulsar a toda costa, a través del plebiscito que derogó la Ley de Asociación de Ancap, dio un renovado impulso a la corriente progresista y redobló la confianza de los dirigentes de la izquierda en la posibilidad cierta del triunfo electoral, que se verificó menos de un año después, el 31 de octubre de 2004.

El 15 de febrero pasado estuvo cargado de simbolismo. Aquel día, asumieron sus cargos los legisladores surgidos de los comicios de octubre y quedó conformado, por primera vez en la historia, un Parlamento con mayoría absoluta de representantes de la izquierda. La presencia de un floricultor ex guerrillero, en el sillón que otrora ocuparan ilustres patricios, en su calidad de presidente del Senado es, por sí solo, un acontecimiento histórico; algo que ni la imaginación más fértil podría haber predicho hace no mucho tiempo.

Y la jornada de hoy será el broche de oro, la culminación del proceso que llevó a la Presidencia de la República al conductor de las fuerzas progresistas, el socialista Tabaré Vázquez. A partir de hoy, y durante los próximos cinco años, todos los resortes del poder político serán controlados por la izquierda uruguaya, que legítimamente el soberano eligió para tal fin; desde la jefatura suprema de las Fuerzas Armadas hasta la más humilde oficina.

Y cuando hablamos de la culminación de un proceso, debemos tener presente que dicho proceso no empezó ayer, y nos resulta inevitable referirnos a él. Porque esta realidad de hoy, esta nueva era que comienza hoy, es el resultado de una larga marcha, de la sacrificada militancia de millares de combatientes anónimos, que se dieron a la tarea de buscar la acumulación de fuerzas que permitiera hacer frente a la oligarquía y ofrecer a la población una alternativa política diferente. Desde los intentos de unidad surgidos en la izquierda tradicional, a comienzos de los años sesenta, hasta la coalición actual, casi cincuenta años han pasado. Una larga etapa que tuvo un punto de inflexión trascendente con el surgimiento del Frente Amplio en 1971, en un proceso que siguió acumulando fuerzas –a pesar de algunas defecciones menores– hasta llegar a este «frente grande» que Sendic había llamado a forjar, a poco de haber recuperado su libertad.

Dice el historiador francés Albert Mathiez: «Las revoluciones, las verdaderas, las que no se limitan a cambiar las formas políticas y el personal gubernamental sino que desplazan la propiedad y transforman la sociedad, caminan durante mucho tiempo invisibles antes de hacer eclosión bajo el efecto de una circunstancia fortuita».

Apresurémonos a puntualizar que el cambio prometido por la dirigencia política progresista y tan esperado por la población, no tendrá características revolucionarias; no es, por otra parte, lo que pretende la mayoría de los uruguayos que dieron el triunfo a la izquierda el pasado 31 de octubre. Pero, la ruptura de ciento setenta años de predominio absoluto de los dos partidos fundacionales implica un cambio cualitativo, de enorme significación.

A partir de hoy, habrá en el país un nuevo estilo de hacer política; una nueva manera de relacionamiento con la sociedad y sus organizaciones; una voluntad firme de impulsar cambios para zafar de un modelo agotado y una vocación incuestionable de retomar la consigna artiguista de que los más infelices sean, de verdad, los más privilegiados.

Enhorabuena. *

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