Reordenamiento: priorizar lo concreto y esencial
Mucho se ha hablado, y se habla, por parte de futuros gobernantes, de voceros rurales, y de analistas calificados o no, -unos en pro y otros en contra- expresando deseos o intenciones que, no pasan de ser generalidades y ambigüedades referidos al mejoramiento de la producción agropecuaria y su entorno empresarial y laboral.
La esencia, la base de la performance agropecuaria del país hasta hoy, ha tenido pies de barro o simplemente no ha existido, endilgándosele además al sector una actuación que no es tal en la exportación cárnica, negocio éste en manos de la industria frigorífica, ya que el campo no exporta la carne. Los frigoríficos son un capítulo aparte de la historia de la industria nacional. Tan aparte están del resto de la industria global, que han sido y son la única industria con grandes márgenes de ganancias y capacidad de reinversión, constituyendo actualmente un oligopolio dominado por unos pocos. Su ecuación siempre es redituable. Se limitan a establecer una diferencia exorbitante a su favor, fijando unilateral y arbitrariamente el precio del ganado en pie, para que el productor rural absorba las bajas (?) internacionales. Nunca tienen pérdida; si algún frigorífico se fundió fue por vaciamiento doloso o mal manejo de aventureros. Ejercen «algo más» que el «lobby» más importante del país, con proyecciones radiales hacia todo el círculo económico nacional, incluyendo a las propias gremiales rurales. Tan ha sido así, que durante la dictadura consiguieron la eliminación del Frigorífico Nacional primero, y de Infrinsa después, sin que mediara intercesión alguna en defensa de dichas entidades-testigo, ni de legítimos intereses empresariales y sociales obvios. El mercado internacional es la determinante principal y casi excluyente, de la vida económica de países como el nuestro, de reducido mercado interno. Un país, es igual a una empresa común que vende y compra mercadería. Si las compras son mayores que las ventas, la financiación del déficit de la balanza comercial pasa a engrosar la deuda externa. Ergo, por anticuado que parezca, sin exportaciones no hay país. Además de estar insertos favorablemente en la necesidad exportadora del país, por si fuera poco, a diferencia de otras industrias, los frigoríficos tienen a su favor el monoconsumo alimentario de nuestro pueblo que, los pone a salvo de las saturaciones del mercado interno que padecen otras industrias en un medio pequeño como el nuestro. En Uruguay, sólo se come carne.
Paralelamente, la producción lechera del país es a Conaprole lo que la producción ganadera es a los frigoríficos. Además, la leche coincide con la carne, en el sentido de que no satura nuestro pequeño mercado, es ineludible su consumo, y es objeto de un monopolio. Con el agregado de que, en este país de presunta «libertad de mercados», el precio al productor es fijado arbitrariamente en forma compulsiva, por… ¡ el monopolio y el Estado! resultando que, en la práctica el tambero subsidia al consumo público y concede al mismo tiempo a Conaprole pingües ganancias que, son reinvertidas en infraestructura industrial, para exportar con valor agregado el excedente producido por el permanente aumento físico de la producción tambera, lo cual asigna a la cooperativa nuevas ganancias que… ¿adonde van? Lo concreto es: esas ganancias son posibles y siempre existirán, únicamente porque Conaprole, al igual que los frigoríficos, maneja arbitrariamente el mercado interno, reteniendo siempre a salvo sus cuestionables beneficios, adjudicando a los productores las «pálidas», determinantes de endeudamientos y otras miserias. En cuanto al arroz sucede lo mismo. ¿Cómo puede derrumbarse la industria arrocera, cuando la misma queda a salvo de una baja que absorbe el productor? Algún molino arrocero que pueda haber quebrado, ha sido por timba económica o mala administración. No obstante haber pagado algunas garantías por arrendatarios, los que están funcionando siguen florecientes, simultáneamente con la caída de muchos productores.
En materia de entuertos concretos a deshacer, para lograr una firme esencia básica, integral y orgánica para el sector agropecuario, existen muchos y variados puntos neurálgicos a modificar. Por ejemplo: ¿por qué al criador se le paga menos el kilo de animal en pie que el precio que recibe por engordarlo; quien le compró el ganado ? ¿Acaso los quilos de un animal de 350 ks. al venderse para invernar, no integran el peso de ese mismo animal cuando va gordo para el frigorífico? Cuando el invernador compra el ganado, luego del engorde logra un aumento de 150 kgs., que son su ganancia. Pero además, habiéndole comprado los animales al criador en U$S 0.60 x kg y vendido al frigorífico a U$S 0.80 x kg. el engorde de 150 k , más los 350 K. que fabricó el que produjo y crió el ganado, le escamotea a este último injustamente, una ganancia que ilegítimamente cambia de dueño. Asimismo, no es un secreto para nadie, que los grandes invernadores con grandes latifundios mantienen con la industria frigorífica una corriente permanente de negocios, con precios mucho mayores a los que recibe el grueso de los productores. *
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