LA LENGUA NO ES DE TRAPO

Escuchar y oír no son sinónimos

«Se despertó al escuchar ruidos, y sorprendió al ladrón en plena tarea.»

Todos los seres humanos tienen sentimientos. Algunos tienen sentimiento gaucho, pierden la fe y se van a un viejo almacén del Paseo Colón; otros –medio masocas– se complacen en sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, etcétera.

Pero no quiero ponerme sensiblero sino referirme a lo sensorial, a lo que se percibe por los cinco sentidos de que disponemos, es decir los cinco medios de percibir el mundo: vista, oído, olfato, gusto y tacto.

De ellos, sólo voy a referirme a los dos primeros, que cuentan con dos verbos cada uno para expresar las sensaciones visuales y auditivas: mirar y ver, y escuchar y oír.

¿Pueden usarse indistintamente uno u otro? Negativo.

Tanto mirar como escuchar exigen una actitud consciente y deliberada del individuo; ambos denotan la voluntad de percibir por la vista o el oído. En cambio ver y oír pueden suceder independientemente de la voluntad de quien ve u oye. No es necesario estar mirando expresamente para ver, ni escuchando con atención para oír.

Veamos qué dice el diccionario. Escuchar: aplicar el oído para oír; prestar atención a lo que se oye; y, con un pequeño matiz, dar oídos, atender a un aviso, consejo o sugerencia. Oír: percibir los sonidos por medio del oído. Mirar: aplicar la vista a un objeto; dirigir la vista hacia lo que se quiere ver. Ver: percibir por los ojos los objetos mediante la acción de la luz.

Creo que las definiciones del mataburros son suficientemente claras como para no caer en el error del enunciado de hoy: si uno está durmiendo, mal puede aplicar el oído para percibir ruidos; no los escucha: los oye y punto.

Respecto del oído, hay otro verbo que suele emplearse muy frecuentemente como sinónimo de oír y que yo prefiero reservar para otros usos. El verbo sentir podría emplearse para el tacto, el gusto y el olfato: sentir calor, sentir el contacto de tu piel, sentir un sabor a miel, sentir olor a agua jane. Dice Bécquer, por ejemplo, que cuando le contaron que la mina lo guampeaba, sintió el frío de una hoja de acero en las entrañas. Pero digamos mejor que se oyen voces y no que se sienten voces.

–Lo que yo siento, Mendieta, es mucha sed, así que a ver si se deja de sentimentalismos y manda la vuelta.

–¡Qué lo parió! *

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