"(In)justicieros" que aún "vichan" por debajo de la venda

Lo mas grave y trágico de las consecuencias de los trece años de dictadura padecidos por el pueblo no es la punta del iceberg que está a la vista, sino lo que subyace aún soterrado.

O sea , las «reglas» ocultas que se siguen cumpliendo como en aquellos funestos días, como si nada hubiera pasado y nada se hubiera acabado.

Así por ejemplo, la discriminación antojadiza y arbitraria de la gente en seudocategorías A, B y C, según su ideología más o menos subversiva, fue acompañada, en muchos casos, de inversamente proporcionales y digitales ascensos inmerecidos y lamentables de personajes obsecuentes, alcahuetes, serviles y, como lógico corolario de ello, inservibles. Que llegaron a ocupar posiciones de poder, por el único camino posible dentro de su catadura moral y su carencia de escrúpulos: arrastrándose para lamer la bota asesina y repitiendo hasta el cansancio su estereotipado y deleznable «Sí señor; sí señor».

Aunque la parca implacable ya ha realizado y continúa realizando su «contraselección» inevitable, aún quedan en cargos de decisión muchos de esos alcahuetes, obsecuentes serviles e inservibles y, también, por qué no, muchos más de los que creemos, que aún hoy siguen coincidiendo filosóficamente con los golpistas y actuando en consecuencia. Muchos de ellos han capeado «el temporal» de la democracia y aún continúan en sus puestos, incólumes.

No olvidemos que fue, en toda su extensión imaginable, una dictadura cívico-militar.

Y algunos hechos que siguen ocurriendo nos muestran hasta qué punto existen mecanismos hábiles para mantener la impunidad de elementales culpables, con la complicidad a veces más o menos disimulada de los susodichos, en decisiones que aún hoy se toman, como al descuido, cuando estamos, no por casualidad, en los prolegómenos de un paso histórico.

Bordaberry, reo de lesa nación

Está contemplada en el Código Penal una figura delictiva de primera magnitud, si la hay, que es la que se refiere al delito de atentado a la Constitución en el grado de golpe de Estado.

Los delitos se penan, por denuncia de parte o de oficio. Es decir que los magistrado están obligados, en caso de tener conocimiento de un delito cometido, de someter al delincuente a juicio. Y no vale como atenuante la bastante común maniobra de hacerse el distraído.

Si hay un delito configurado con toda la objetividad posible es el cometido por Juan María Bordaberry.

Pero, como pasa con otras tantas situaciones, no ha habido, hasta la fecha, persona o institución del país que se haya animado a condenarlo por tal objetiva y gravísima ofensa a la patria.

En estos días toma estado público un tibio intento de poner, al fin, las cosas en su lugar, y medio como esquivando las consecuencias burocráticas de los efectos de las licencias, las excusas, excusiones y otros escabullimientos, se nombró a una jueza para encargarse definitivamente (?) del caso.

Dicha jueza interpuso recurso de excusión, estableciendo que su parentesco con un familiar que es empleado de Bordaberry le inhibía de actuar en el caso con la suficiente libertad de juicio.

Sin embargo, no se tuvo en cuenta dicha petición y se le mantuvo como responsable de la decisión.

Una decisión que estaba cantada. Máxime cuando la actuante lo había manifestado claramente a priori.

¿Qué se buscó realmente, manteniéndola como responsable de decidir, sabiendo de antemano que la presión por ella manifestada la inclinaba sesgadamente hacia un lado de la balanza? ¿Acaso buscar un/a chivo/a expiatorio/a del infeliz desenlace «contra natura» de tal grave hecho? Estas actitudes no hablan a favor de quienes tienen las máximas potestades de decidir, porque nos dejan la duda razonable de las verdaderas intenciones que esconden dichas, en el mejor de los casos, cuestionables decisiones.

Un cordero del diablo

No vamos a desperdiciar el valioso espacio que se nos brinda para establecer el currículum de un chacal con piel de cordero.

Y no nos hubiéramos ocupado de él, de no ser por la aparición en la opinión pública de informaciones que nos muestran falencias en la forma cómo se toman las decisiones judiciales y administrativas en temas que están y estarán seguramente por muchos años, a flor de piel de la comunidad sensible del país.

Lo cierto es que, dentro de sus actitudes patológicamente hostiles hacia la sociedad, finalmente el chacal se despachó con un «desacato por ofensa» con respecto a jerarcas judiciales que tenían a su cargo estudiar algunos de sus desvíos de conducta.

Y un juez actuante, al conocer su voluntario y escondido cambio de paradero, resolvió impartir orden de prisión dentro del país e inclusive, comunicar a Interpol para que fuera detenido en el lugar en que se le hallare como paso previo a la extradición. Otra vez, el largo y cansino tranco de la Justicia tropieza con sucesivos obstáculos, tales como licencias de magistrados, ferias judiciales y otras yerbas y la cosa deriva para otro juez que entiende que, por la escasa magnitud de los delitos que ahora se le investigan, correspondería «dejar sin efectos la orden de detención preventiva existente, con fines de extradición» (1). Y no juegan ni pesan, para nada, los antecedentes de los «otros delitos», las «chicanas» a las que ha recurrido, ni la situación de que el requerido ha salido y entrado del y en el país, las veces que se le ha antojado, burlando controles y personas (¿o no tanto?), y ahora, radicado por conveniencia en la frontera de Brasil, realiza trámites consulares en las oficinas que Uruguay tiene en Brasil, y se le facilita el cobro de su jubilación, con una atención diligente, como si fuera un benefactor de la humanidad. Es evidente que el susodicho chacal «contó con oportunas ayudas»(2) que le permitieron tomar «todas las previsiones para que su nueva existencia en territorio brasileño, pero a pocos metros del paisito, estuviera rodeada de las máximas previsiones legales» (2), y ¿por qué no?, del apoyo logístico necesario para obtener rapidamente su objetivo, a través de las oficinas respectivas de la Cancillería.

Estas tres partes, que integran la presente nota, constituyen elementos absolutamente independientes, unos de otros, y cualquier relación que algún lector quisiera encontrar con una idea central que las nuclea, corre por su exclusiva cuenta. *

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