Los sesenta
Nací un cuatro de febrero como hoy, pero de hace exactamente sesenta años, en 1945. Es decir que en este preciso día estoy recibiendo el título de «Sexagenario», que según mi amigo el Loco Berrueta, es algo así como entrar a jugar el preliminar antes de convertirte «en un viejo sabio o en un viejo ‘e mierda» ante los ojos de la sociedad occidental y cristiana y del sistema que hace muy poco para cambiar esta lamentable, pero realista aunque grosera filosofía.
En ese año precisamente, el mundo comenzaría a develar tras los avatares de la segunda guerra mundial, los hechos que con el tiempo pasarían a ser testimonio de algunas de las páginas más conmovedoras de la irracionalidad humana. La apertura de los campos nazis de exterminio de Auschwitz, Treblinka, Sobibor, Belzem y tantos otros descubrirían ante los ojos asombrados de la humanidad, el perfil más terrible de la indignidad.
Ese año también, algunos meses después que me cortaran el ombligo y el cura me aceitara la frente y me lavara la cabeza en la vieja iglesia del Reducto, un hongo mortal atómico estallaría sobre Hiroshima y otro poco después, sobre Nagasaki, sembrando la muerte, el terror y la desesperación en nombre de la paz. Y en nombre de la paz se sentarían en Yalta para repartirse el mundo, Churchill, Roosevelt y Stalin, también en esos días.
En Nuremberg ese mismo año se iniciarían los procesos a los criminales de guerra alemanes y comenzaría la implacable persecución a lo largo y ancho del planeta de los cómplices y ejecutores del genocidio perpetrado por la irracionalidad nazi fascista. Los gobiernos del mundo se reunían en la ciudad californiana de San Francisco en el período comprendido entre los meses de abril y junio y constituían la Organización de las Naciones Unidas, intentando con ella crear una herramienta de paz que no permitiese que se repitieran jamás hechos como el holocausto del pueblo judío. Sesenta años después, he llegado a darme cuenta que con la misma edad, me mantengo más fiel a los principios enunciados cuando tuve uso de razón, que mi contemporánea californiana a los suyos.
Ese año, mi abuelo Aniceto escribía en un libelo pueblerino floridense: «Quieren hacer nacer un cordero desde el vientre de un lobo asesino» y profetizaba lo que apenas unos meses después sucedería en Hiroshima y Nagasaki y en cierto modo, toda la historia transcurrida desde entonces hasta hoy, con Bush reencarnando al Führer, el lobo pretendiendo gestar un cordero de su vientre.
Perón en la Argentina tenía su 17 de octubre con la rebelión de Evita y los descamisados; Chile celebraba el Nobel de literatura otorgado a su poetisa Gabriela Mistral y en nuestro país, un nuevo reglamento de tránsito marcaría subliminalmente una realidad política que ya existía desde el comienzo de nuestra historia doméstica y que duraría exactamente sesenta años más: fue en 1945 que se cambió la norma en el tránsito de circular por la izquierda por la más universal de hacerlo por la derecha.
Sesenta años después de todo pueden ser muchos años o pocos, de acuerdo a cómo se les considere.
Si tengo en cuenta lo vivido desde aquellas primeras crónicas escritas en medio del ambiente de una redacción contaminada por el humo del plomo fundido del taller, en el viejo Popular aporreando una Remington antediluviana hasta hoy tratando de congeniar con una computadora y su lenguaje incomprensible, o los despachos internacionales leídos al tacto en una cinta llena de pequeños orificios salida de una teletipo hasta las páginas de Internet que hoy son el pan nuestro de cada día en las redacciones, aunque es un eufemismo decirlo así, porque le ha costado el pan suyo a miles de periodistas corresponsales en el mundo, si tengo en cuenta eso, podría decir que sesenta años son casi una eternidad.
Sin embargo, si se trata del tiempo que quisiera tener aún para hacer todos aquellos delirios que he soñado, seguramente sesenta años son poquísimos. Claro está, cuando se llega a esta etapa de la vida, hay que asumir la filosofía de mi amigo el Loco Berrueta que me pintó con una frase su opinión: -» Mirá, ché… sesenta pirulos no son tantos… vos empezá a preocuparte cuando para tener noticias de tus ex novias o amantes, en vez de mirar tu agenda tengas que leer las necrológicas de los diarios…». Y me la dejó picando.
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