Los hombres de negro y la piel ajena
Es frecuente verlos entrar en el Banco Central, en la Casa de Gobierno, en el Ministerio de Economía. Cincuenta años atrás nunca se los veía, pero hoy en día parecen estrellas de cine y las cámaras de televisión los muestran sonrientes. Ingleses, norteamericanos, franceses y últimamente españoles, todos ellos con trajes oscuros y escoltados por autoridades de nuestro país.
En verdad hubo una metamorfosis. En el 68, por ejemplo, hablar de esos ejecutivos del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial causaba sensación de vómito y las marchas multitudinarias con pancartas en toda América Latina exigían la cesación de pagos y la expulsión de dichos organismos multinacionales.
En esa época mucha sangre joven corrió por las calles de las ciudades. Los cuerpos sin vida se apilaron y los desaparecidos continúan desaparecidos.
La cosa en estos últimos tiempos ha ido cambiando y los hombres de negro apelaron, lentamente, a otro discurso y casi con miedo comenzaron a mencionar la palabra pobreza y luego a hablar de gente excluida y más adelante de desigualdad en la distribución de la riqueza. Parece cosa de mandinga, decía un viejo agricultor al escucharlos, no pueden ser los mismos, se repetía.
El viraje no se produjo motu proprio, todo lo contrario, sino por la crisis económica que hundió a los países del tercer mundo, rompiendo definitivamente el indispensable equilibrio macrofinanciero para que los ricos pudieran seguir acumulando riqueza. Algo estaba fallando y por tanto resultaba inevitable cambiar la estrategia.
Los hombres de negro se dieron cuenta que los países, como los cuerpos humanos, se habían quedado sin piel por tanto latigazo durante tantos años. Están en carne viva -se dijeron- no se puede seguir azotando sobre algo que no siente. Estos cuerpos han entrado en una anomia total, por tanto no queda otra alternativa que modificar los criterios para que la piel, el mayor órgano del cuerpo humano, vuelva a regenerarse, entonces sí podremos volver a utilizar el látigo.
Comprender el pensamiento único de los hombres de negro es elemental para el gobierno progresista embarcado desde el 1º de marzo en un plan de emergencia que, de alguna manera, intentará recomponer un tejido social desmembrado por el sistema, lo cual no significa otra cosa que regenerar la piel de la comunidad.
El gran desafío posterior es, junto a los países hermanos con gobiernos más humanos, hacerles entender a los hombres de negro que, pese a sus imperiosas necesidades de lucro, ya no serán tiempos de látigo, aunque la piel haya curado.
Para eso se necesitan dirigentes con mucho temple, que sepan sentarse a la mesa de negociaciones con las cosas bien claras, sin olvidar qué fue lo que pasó con nuestros países y exigir para el futuro un trato realmente humanitario. De otra manera nuestros descendientes nos aborrecerán, porque de hecho los habremos condenado a nuestro propio destino, pues no fuimos capaces de evitar, también, entregar su piel al azote. *
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