Una transición sin precedentes
La reanudación del diálogo político con el coloradismo por un lado. La subsistencia de algunos funcionarios de la anterior administración en el nuevo gobierno presidido por el doctor Tabaré Vázquez ha suscitado algunas instancias de confusión, ciertas declaraciones que revelan, a nuestro modesto juicio, una cierta incomprensión del momento político que vive el país.
Enfrentado a todas las demás fuerzas políticas del país, y a la inmensa mayoría de los medios de comunicación de masas, el doctor Vázquez consiguió la victoria electoral el 31 de octubre.
El hecho es tan neto, está cargado de tanta significación presente y futura que a veces se siente que no se ha terminado de entender. Una incomprensión que a menudo padecen tirios y troyanos.
Los sectores perdidosos del 31 de octubre conjuntaban a lo más granado de las clases conservadoras y las corrientes más críticas, menos aferradas al poder oligárquico, del Partido Nacional.
La expresión electoral fue decisiva en dos grandes aspectos, entre otros, la victoria progresista y la espectacular regresión del Partido Colorado que apeló hasta último momento al lenguaje más troglodita y antifrentista.
La significación política de cada fuerza, y hasta una nueva consulta popular, quedó fijada. El coloradismo es lo que dijeron las urnas. No hay «habilidad política» en el mundo que lo saque de esa situación.
El Partido Nacional, si hubiera ganado aliado a los colorados, en una segunda vuelta que no existió, tenía dos caminos a recorrer: el ser consecuente con algunas expresiones o rasgos progresistas, minoritarios en el conjunto, o de participar de una nueva edición de los gobiernos blancos y colorados que se alternan en el gobierno desde hace decenios. Esta segunda era la más probable.
En el llano, el Partido Nacional es otra cosa. Y en parte será lo que surja de sus relaciones con el gobierno progresista. ¿Tiene prisa el gobierno progresista por marcar sus diferencias con el sector más o menos progresista del Partido Nacional? Creemos más bien que no.
Las diferencias se marcaron bien y el árbitro ya dio por terminada aquella contienda. Eso no tiene marcha atrás.
Ahora, creemos, el nuevo gobierno hace bien en mantener instancias de diálogo lo más amplias posibles. La transición uruguaya es extremadamente dilatada en el tiempo.
Como ha dicho más de una vez el Presidente electo, todavía es mucho lo que hay que saber acerca del estado actual de las cosas en el aparato estatal, en los Entes Autónomos, en las relaciones internacionales, en los compromisos urbi et orbi.
Y lo primero es saber.
No le pase al Frente Amplio lo que le ocurrió a la figura aquella, de corte discepoleano, a quien, después, el burlado el cantaba victoria, previendo que «cuando desate el paquete… y manye que se ensartó».
Hay un capítulo previo al diseño de todas las perspectivas de largo y mediano plazo del gobierno que es «desatar el paquete».
Que no es sólo una toma de conciencia de lo administrativo, lo contable o lo judiciable de la herencia que recibiremos.
La prolongación del diálogo sólo puede favorecer al más fuerte, al elegido para conducir al país en el futuro.
Nada ni nadie podrá cambiar el dato básico de toda la transición.
El gobierno quedará en manos de los hasta ayer «malditos», «los réprobos» y los Satanes.
Todo lo que lubrique la transición, la revista de normalidad institucional y fluidez política, es positivo.
¿O acaso alguien imagina que el doctor Sanguinetti, que convenció a tan pocos de entre todos los uruguayos podría convencer al doctor Vázquez para que este lleve adelante planes al paladar del Foro y para la decepción del pueblo?
¿Alguien puede pensar seriamente en eso? *
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