Cómo cambia la vida de la gente

CUANDO EL PROXIMO gobierno uruguayo trazó sus pautas programáticas y, en particular, estudia las formas de implementar su plan de emergencia, se propone ante todo aliviar la situación y mejorar la calidad de vida de los sectores más carenciados, empezando por los niños que nacen en hogares pobres.

Idéntico fue el objetivo que se propuso el gobierno brasileño desde el inicio, y con ese fin puso en marcha el Plan Hambre Cero. En estos dos años el mismo se tradujo en importantes realizaciones, complementó la Bolsa Familia y otras prestaciones a las familias pobres con medidas de educación y de salud, entre otras, y logró a la vez una relevante proyección internacional, al recibir en Naciones Unidas el apoyo de 130 jefes de estado y de gobierno.

El programa de transferencia de recursos del Plan Hambre Cero sobrepasó las metas establecidas por el gobierno. El lunes 23 de diciembre comenzó el pago de los beneficios a más de 6 millones 571 mil familias, lo que significa que el programa llega al 60% de las familias pobres del país. En regiones de necesidades extremas, como el valle de Jequitinhonha la atención llega al 78% de las familias ubicadas por debajo de la línea de pobreza. El dinero se entrega mes a mes por parte de la Caja Económica Federal mediante una tarjeta magnética.

A lo largo del año que finaliza el gobierno concentró esfuerzos en la región del semi-árido brasileño, que abarca ocho estados del nordeste (Alagaos, Bahía, Ceará, Paraíba, Pernambuco, Piauí, Rio Grande do Norte, Sergipe) y el norte del estado de Minas Gerais. A los 1.008 municipios respectivos se les entregó mil millones de reales por medio de la Bolsa Familia, el programa de transferencia de recursos del Plan Hambre Cero. Hasta ese momento eran atendidos en la región 1,6 millones de hogares, o sea el 67% de las 2,4 millones de familias pobres del semi-árido (datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, IBGE). Cada familia recibe un monto fijo más un complemento variable por cada hijo menor de 15 años, mujeres embarazadas o que amamantan a sus críos.

Todos estos son hechos tangibles de aplicación efectiva del Plan Hambre Cero. La campaña mediática que se ejerce en forma sistemática contra el gobierno brasileño, dentro y fuera de fronteras, apenas si los menciona. En cambio, pone el acento en forma reiterativa sobre la renuncia de Frei Betto a continuar haciéndose cargo de la conducción del Plan.

Pero hay más. Además de la Bolsa Familia, el Ministerio de Desarrollo Social y Combate al Hambre (MDS), a cargo de Patrus Ananias, destinó en los dos años 72,2 millones de reales para el llamado Programa de Cisternas, o sea para la construcción de 50 mil aljibes o pozos en 580 regiones semiáridas. Este año se construyeron 31.395. Las cisternas incluyen sistemas de canalización del agua que cae de los tejados hacia los reservorios, generalmente con 16 mil litros de capacidad, enterrados al lado de las viviendas. En esos reservorios queda almacenada durante el período de lluvias un volumen de agua suficiente para el consumo de una familia de siete personas durante el período agudo de sequía, que es normalmente de ocho meses.

«Estamos desarrollando en el semiárido políticas que se articulan, teniendo como eje la Bolsa Familia, con el objetivo de romper el círculo vicioso de la miseria y la exclusión para implantar el círculo virtuoso del desarrollo económico con justicia social», declaró el ministro Ananias.

El sistema es sencillo y barato. Cada cisterna cuesta en promedio 1.500 reales, y es construida por quienes la van a utilizar. Estos reciben cursos de capacitación sobre captación, utilización y reserva de los recursos hídricos, y sobre las obras de albañilería a ejecutar.

Otros 109 millones de reales fueron destinados al Programa de adquisición y consumo de leche en la región. Allí, 620 mil familias reciben hoy un litro de leche por día y la previsión para 2005 es aumentar la cifra a 725 mil. Se me aparece el recuerdo el programa de Salvador Allende.

En el semiárido 241.369 niños reciben además la beca del Programa de erradicación del trabajo infantil (Peti), una inversión de 11 millones de reales por mes. Además, 7750 adolescentes son atendidos por el programa Gente Joven y 299.123 adultos mayores y personas con capacidades diferentes perciben el Beneficio de Prestación Continuada (BPC), con recursos por 76,3 millones de reales mensuales.

De esta manera se cumplen en la región las recomendaciones de la Unicef contenidas en su informe sobre situación mundial de la infancia 2005. En el semiárido el 75% de los niños vive en familias pobres y ese número llega a 90% en algunos municipios. El 46% de las niñas y los niños son analfabetos y 42% no tienen acceso al agua potable.

Hay un hecho que puede servir de símbolo. Mariane de Souza, de 40 años, es una pobladora de Melancía (que significa sandía), una comunidad próxima a Remanso, en Bahía. Ella declara: «La cisterna (aljibe) fue para mí una bendición. Durante 32 años debía ir a buscar y cargar el agua. Hoy estoy feliz en la casa, cuido mis hijos y ayudo a mi marido en el sembrado (roça) para que tengamos más para comer».

Esto significa un cambio en la vida de la gente. Detrás de los números, pulcros y asépticos, debemos saber ver los rostros de seres humanos de carne y hueso como la bahiana Mariane de Souza, habitante de Melancía, a 720 kilómetros de Salvador. *

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