Un crecimiento distorsionado

Veremos lo que ocurre en las próximas semanas pues la situación del país no admite que la bondad o el fracaso de los procesos económicos se midan, en un escritorio, con operaciones aritméticas que   por supuesto   reflejan una realidad, pero no toda la realidad.

Es verdad que el país, por obra y gracia de la venta de materias primas sin elaborar y, particularmente, carne que se exporta mayoritariamente hacia EEUU, comenzó a vivir un jolgorio del que participaron algunos empresarios exportadores, los frigoríficos, los dueños de las haciendas que multiplicaron sus ventas y, por supuesto, el ministro de Economía Isaac Alfie y sus colegas del Ministerio de Economía y Finanzas que  con gorritos de cartón- hicieron sus cuentas con resultados que comenzaron a aparecer como positivos.

Y claro, luego de la brutal crisis que vivió el país con su epicentro en el año 2002, cuando se derrumbaron los cuatro bancos nacionales que funcionaban en nuestra plaza financiera, se procesaron los resultados de ese cataclismo hacia el interior de nuestra sociedad. Y fueron calamitosos.

Hoy hay un millón de uruguayos que malviven por debajo de la línea de la pobreza, los que no han podido, pese a la algarabía del Alfie y sus boys, salir de su dramática situación.

Por eso decimos. Medir los resultados de la economía solamente en el papel no sólo es equivocado, sino que es una manera de mentirse sobre la realidad y tener una visión absolutamente distorsionada de la situación.

Un país se desarrolla, cuando la gente que vive en él, lo hace en un ritmo similar al que se verifica en los papeles que manejan las autoridades económicas. Se habla de una cifra cercana al 13 por ciento de crecimiento para el año que corre. ¿Alguien cree que un porcentaje similar de uruguayos que viven en la pobreza, han modificado sus condiciones de vida?

Por ello la orientación económica que se tenga de aquí en adelante es fundamental. El crecimiento sin distribución más equitativa de la riqueza, sólo determina un país más desigual, en donde los que tienen más tendrán mucho más, mientras que los demás, desocupados, asalariados de la ciudad y el campo que reciben sueldos ruinosas (recordemos que el promedio salarial es menor a los tres mil pesos) y ni hablar del grueso de los jubilados y pensionistas, estarán por la concatenación de sus miserias, mucho peor.

El ministro Alfie que se opone a que el salario básico sea de 2.600 pesos ( menos de100 dólares) y que aplaude el crecimiento económico por las exportaciones de carne, nada dice sobre la situación de ese millón de uruguayos con los que debe convivir diariamente. Uruguayos que sufren la miseria más cruel, que no son tenidos en cuenta por los economistas de manual, como lo es el actual ministro de Economía, que gustan hablar del crecimiento económico verificado en los papeles y que se expresa en mejores niveles de venta de los shopping, de las empresas que comercializan automóviles, y de los restaurantes que siguen multiplicandose a lo largo y ancho de nuestra ciudad y de la zona balnearia.

Un crecimiento, el que aplaude Alfie, que se muestra como un proceso cada vez mayor distorsión en la distribución de la riqueza. Un modelo –basado en una coyuntura favorable– que es probadamente injusto e ineficiente. *

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