"La justicia tarda pero llega"
Lejos me siento de compartir tan absurda y consagrada frase.
Quienes nacimos en alguna de las dictaduras que sufrió nuestra tan querida América Latina nos criamos en el medio de una tempestad que arrasó con varias casas, con varias vidas.
Los mentores de un plan siniestro, hasta hace poco seguían caminando entre nosotros luciendo su impunidad como quien orgulloso enseña un par de zapatos nuevos, recién lustrados.
El cóndor va mutando en avestruz y esconde la cabeza debajo de la tierra, ha comenzado a temblar, teme ante la actitud de los jueces que parecen hostiles cazadores.
Estos Pinochet, Bordaberry, Videla, callaron voces pero nunca lograron que quedaran en silencio. Amputaron las manos del cantautor pero no pudieron arrancarnos sus ideas. Censuraron la información, cambiaron los planes de estudio, nos quisieron borrar la memoria pero nunca pudimos olvidar.
En nuestros cortos años hemos aprendido que todas las cosas que uno obtiene en esta vida, se logran mediante un gran esfuerzo y por eso son muy valiosas.
Desde que era chico escuché «juicio y castigo», pero no sólo lo escuché. Pude ver cómo familias –o lo que de ellas quedó– se unieron codo a codo, cruzando el Río de La Plata y la Cordillera de Los Andes, formando un brazo fuerte, una mano firme, que lucha por la justicia. Actos tales como el procesamiento del general Augusto Pinochet han de ser una recompensa a tanto trabajo, a tanta enseñanza, a tanto dolor para todas estas madres y abuelas, hijas e hijos, luchadores incansables.
La justicia es un fin que hemos perseguido muchos, cada uno desde su lugar y su aporte, y que debemos seguir persiguiendo mediante la lucha y la generación de conciencia, mediante la resistencia al olvido y al individualismo. Por eso descarto esa tan inmóvil y pasiva afirmación. La justicia menos tardará –aunque sean años– cuanto más luchemos por alcanzarla, pero si nos sentamos a esperar que llegue, veremos cómo el cóndor pasa. *
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