Hay que terminar con estos vicios

Diputado del Partido Socialista. EP-FA-NM

Hay vicios, arraigados a partir de prácticas políticas repudiables, que deben desaparecer. Contra las cuales, además, la izquierda realizó siempre una intensa prédica.

No obstante, es necesario denunciar en qué consisten (y en qué han consistido esos vicios, que llegaron a caracterizar a algunos sectores del tradicionalismo) y todos -cada uno de los habitantes de este país- debemos denunciarlos para contribuir a su derrota definitiva.

En un libro («Veredicto, libertad perpetua») un ex recluso, hoy totalmente rehabilitado, cuenta su vida: los pantanos de sufrimiento que atravesó, la pobreza, el Consejo del Niño, los Centros de Reclusión, las formas de delinquir que perfeccionó en los reformatorios, los robos, las fugas, y la realidad de las cárceles. El autor -Julio Aguirre Zabala- narra su peripecia; desde los delitos cometidos hasta su rehabilitación a partir de su conversión religiosa.

Importa destacar un pasaje del libro en el que explica: «no sabía en qué consistía trabajar en política, cuando un vecino y compañero a quien por lo manso le decíamos el Tilo, me invitó a unirme a un club del Partido Nacional»(de la lista 351). Aceptó, y en poco tiempo ascendió de secretario de actas a vicepresidente. El club, luego de crecer en adherentes, fue reconocido por la Coordinadora Central Nacionalista. Lo que importa destacar -en esta síntesis de páginas 21 y 22 del libro- es que al club se le adjudicó el derecho a un cierto número de recomendaciones para conseguir empleos públicos. En su mayoría eran para el ejército, la armada, la policía, y en menor cantidad, para UTE, OSE, AFE y la estiba en el puerto. Todo esto ocurría y era práctica extendida en 1966. El club pertenecía a un político que fue destacada figura del Partido Nacional.

Una noche, después de la visita de uno de los candidatos, los integrantes del club decidieron celebrar comiendo un lechón asado en el fondo de la casa del Tilo «a quien el partido le había construido un salón para reuniones». En síntesis: como el lechón fue robado, «la policía allanó la casa y confiscó todo lo que encontró, incluido el lechón». Aquella noche -agrega el autor- «la comilona fue para los policías de la seccional, mientras la plana mayor del club durmió entre rejas». La reclusión no duró mucho tiempo. Pero importa subrayar la reflexión de Aguirre Zabala: «al entrar en contacto con ese mundo (el del club) no pude menos que comparar a mis delitos con travesuras».

Ha sonado la hora de terminar con todas esas prácticas. Para ello, debemos combatirlas todos. Esta es una de las tareas actuales de los orientales honestos. Terminar con las tarjetas, las recomendaciones, los acomodos, que tanto daño han hecho al país. *

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