Violencia doméstica: un delito que no habla de amor

Tal vez sean invisibles las fronteras entre el amor y el odio. No sé, no importa. Las que sí sé muy visibles son las que separan el respeto del abuso, y sobre todo las que distinguen las relaciones afectivas de la violencia doméstica, de la cual otra mujer –Elizabeth Techera de 40 años– fue víctima el pasado 18 de diciembre en el barrio La Comercial.

Se había separado hace tiempo de Niver Klidinovic Zunino, de alrededor de 50, quien habiendo fracasado en su intención de reanudar el vínculo le descerrajó dos tiros en la nuca, autoeliminándose después.

La crónica de LA REPUBLICA informa que él acababa de salir del Comcar, donde cumplió condena por lesiones personales y violencia doméstica inferidas a la familia. Dice también que antes del desenlace fatal, Techera había radicado varias denuncias por persecución y acoso en la Seccional 4ª. No obstante, en la esquina de Miguelete y Duvimioso Terra quedaron dos cuerpos inertes, aunque sólo una de las personas decidió antes que por la suya, por la vida de la otra.

«Un drama desatado entre los confusos límites del amor y el odio, de la desesperacón y la irracionalidad», pretende contextualizar la crónica, distorsionando una realidad en la que el amor es lo que menos cuenta, si es que cuenta. En todo caso, habría que hablar de deseo de posesión absoluta, y sin dudas de ejercicio abusivo del poder.

La crónica es condescendiente con el femicida, y parece justificar los hechos en nombre de una presunta pasión que jamás puede otorgar derechos. En lugar de caracterizarlos como lo que son: un delito flagrante de violencia doméstica, tipificado en la Ley de Seguridad Ciudadana y regulado en cuanto a sus modalidades y consecuencias procesales en otra ley, la l7.514 vigente desde hace dos años. Abunda, eso sí, en consideraciones sobre el aspecto personal de víctima y victimario, y sume en el misterio de la tumba las razones del desenlace fatal. Cuando había antecedentes que merecieron la cárcel, y denuncias suficientes como para prevenir la muerte, ¿qué más razones hacen falta para caracterizar un cuadro de violencia doméstica?

Una vez más, el medio de comunicación contribuye a naturalizar el delito, en tanto lo acepta como algo «que puede suceder» cuando las voluntades no coinciden, cuando se desencuentran los sentires. Justifica las cenizas donde hubo fuego, sin reparar en la ínsita violación de derechos humanos –los de la víctima– ni en el abuso de poder –el del victimario– amparado éste en un modelo social discriminatorio e injusto.

Apenas el pasado 25 de noviembre, Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, conjuntamente con la lamentable estadística de muertes por violencia doméstica elaborada por la Dirección Nacional de Prevención Social del Delito, se hacía un llamado a los medios de comunicación para que paren de reproducir los patrones de una violencia que acecha al 52% de la población uruguaya: las mujeres. El mensaje no fue suficientemente escuchado, por lo visto.

Al 23 de noviembre, cuando la dependencia del Ministerio del Interior cerró la cuenta de femicidios de 2004, 34 mujeres habían perdido la vida a manos de hombres con los que habían tenido en el presente o el pasado relaciones sentimentales. Hoy el número trepó a 36, contabilizando a Susana Leticia Soria Racciope, de 34 años, asesinada por su esposo Nelson Villalba Aguirre el 14 de diciembre en Mercedes, y a Elizabeth Techera. *

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