La violencia sigue cobrando víctimas

Como si se tratara de una epidemia, en los últimos días los hechos violentos siguen sucediéndose en nuestra sociedad. El sábado pasado, en horas del mediodía y en un barrio de clase media de la ciudad, un hombre ultimó a su ex pareja y se suicidó. Desde luego que tal hecho se diferencia netamente de lo ocurrido en el complejo habitacional de Euskal Erría 70, de los sucesos en el estadio o de la rapiña en el ómnibus interurbano; se trató de un hecho doméstico, motivado por desavenencias íntimas, cuasi privado si no fuera por haber ocurrido en plena calle. Un hecho de las mismas características había sacudido a la sociedad en julio pasado aunque aquella vez la tragedia había ocurrido en la intimidad del hogar.

Como queda dicho, los dramas pasionales (expresión eufemística para referirse a sucesos luctuosos cuya víctima suele ser una mujer) no pueden sensatamente inscribirse en el mismo contexto que los habituales de la crónica policial, pues las causas son de otra naturaleza que las que llevan a alguien a cometer una rapiña o las que descontrolan los ánimos en un espectáculo deportivo.

Sin embargo, los altos –y alarmantes– índices de hechos catalogados como de «violencia doméstica» que registra nuestro país, deben movernos a la reflexión, pues permiten sospechar que, más allá de la miseria y la exclusión que están en el origen de los delitos contra la propiedad, un clima de violencia se ha instalado en nuestra sociedad; y específicamente, esa violencia es ejercida por hombres contra mujeres. Recordemos que, en proporción con su población, Uruguay se ubica muy por encima de la media internacional en lo que a violencia doméstica se refiere; en lo que va del año, son treinta y seis las mujeres asesinadas por quienes eran o habían sido sus cónyuges o concubinos. Hay, sin duda alguna, una violencia latente que emerge y se manifiesta como la única forma de relacionamiento entre los miembros de la comunidad. El problema radica en que la respuesta violenta parte, por lo general, de quien se sabe o se siente más fuerte: padres contra hijos, policías contra jóvenes, hombres contra mujeres.

Desde hace unos años, ante el aumento de la delincuencia y la creciente sensación de inseguridad que vive la población, se han venido intensificando los reclamos de la comunidad en el sentido de incrementar el rigor punitivo. Básicamente, la opinión pública demanda mayor eficacia policial y mayor severidad judicial.

Ahora bien, en lo concerniente a la violencia doméstica, bueno es recordar que se ha legislado específicamente en la materia y el Ministerio del Interior cuenta con reparticiones especiales donde radicar denuncias y que, se supone, deben brindar protección a los denunciantes vulnerables. No obstante, y en el caso concreto del drama ocurrido el sábado, quedó demostrado que las medidas legales y la tarea preventiva no son suficientes para sofrenar los arrebatos de violencia ejercida contra los más débiles.

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