Enigma para blancos
Desde hace unos quince días se puede apreciar una prolija pintada en la pared de las instalaciones de la Compañía del Gas, en la Rambla Sur, que proclama con orgullo su agradecimiento al doctor Larrañaga, porque ahora tienen un caudillo por quien luchar. Las letras están dibujadas por alguien que es experto en tales menesteres y se utilizan los colores celeste y blanco, identificatorios del Partido Nacional. Cada día que la he leído, experimenté una mezcla de preocupación y pena por el sentimiento que se exterioriza, más propio de un fanático futbolero que de un militante político. Concluí que se trataría de la reacción y rebeldía propias de la juventud en evolución hacia la madurez.
Sin embargo, al leer una columna firmada por un convencional del Partido Nacional en este mismo diario y esta misma sección, mi desazón ha crecido. En la mencionada columna se expresa la inmensa satisfacción de volver a ver un caudillo, un jefe de a caballo, contraponiéndolo con «un doctor engominado, vestido de negro, oliendo a finos extractos y pinta académica.»
Llegado hasta aquí me pregunto y, como siempre, le pregunto a usted: ¿Un partido es un hombre, un caudillo? ¿Sólo es válido aquel caudillo que pose de tosco? ¿El militante político lucha por un caudillo, independientemente de las ideas que profese y el programa que presente?
Recuerdo que en los lejanos noventa estuve de visita en Buenos Aires y quedé igualmente azorado ante la multitud de carteles electorales, que mostraban un perfil del entonces candidato Menem, con abundante patilla, rubricados por una única palabra: Síganme. Recuerdo también que los hermanos argentinos hicieron profesión de fe a las indicaciones de esos carteles y lo siguieron. El resultado de los siguientes diez años de seguimiento irracional del caudillo, en la algarabía de la pizza con champagne, muy parecida a la del calefón y la biblia, está a la vista, en los dolores de los actuales años dos mil.
Ojo. No reniego de la importancia del líder, en la medida que lo identifiquemos como el vehículo adecuado para transmitir todo lo que el partido defiende y resuelve al cabo de múltiples y variadas asambleas y congresos. Para reafirmar lo que vengo diciendo, quiero traerle a colación una expresión que utilizó mucho Wilson Ferreira en la campaña electoral del año 1971. Decía que al escuchar las voces de aliento y los aplausos que la gente le prodigaba, no perdía de vista que esos aplausos no eran para él sino para lo que él representaba. Decía más o menos que los ciudadanos no aplaudían al abanderado sino la bandera que portaba. Esa es la síntesis que yo considero adecuada y prudente. Primero elegimos el programa que exprese las ideas que profesamos; luego el dirigente que mejor los defienda y, junto con él, el plan a ejecutar desde el gobierno, que nos acerque más y mejor a las ideas y el programa.
Vaya todo lo dicho con el mayor de los respetos, hacia los amigos y no amigos que defienden al Partido Nacional, su tradición y sobre todo sus ideas, que las deseo siempre enhiestas. *
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