Insucesos

Parece ocioso –y reiterativo– insistir con el tema de la seguridad ciudadana; o mejor dicho con el problema de la falta de seguridad que la población percibe. Sin embargo, una sucesión de hechos recientes exige que nos ocupemos del asunto una vez más. Sobre todo, después del crimen de un omnibusero, hecho que conmueve a toda la sociedad.

Primero fue el episodio en el complejo Euskal Erría 70, en el que quedó al desnudo la falta de seguridad y la sensación de desamparo de una clase media depauperada que reclama mayor protección policial y sufre, al mismo tiempo, la impericia y/o los excesos de los propios funcionarios encargados de su protección. Y, como en una nueva versión del aprendiz de brujo, un pequeño incidente desencadenó una tragedia; porque la actitud irracionalmente agresiva de un policía terminó en una casi asonada incontrolable, aprovechada por algunos elementos –víctimas de un modelo que los excluyó y los empujó a delinquir– para cometer desmanes varios.

Luego, los desórdenes en un partido de fútbol motivaron una respuesta desmesurada y brutal de parte de los grupos especiales de la Policía; y se da la paradoja de que los encargados de asegurar el orden terminan promoviendo el desorden; espectadores y jugadores sufren los efectos de los gases lacrimógenos; uno de los funcionarios encargados de proteger la integridad física de la población deja ciego a un espectador.

Días después, en un confuso episodio, una niña de 12 años muere a consecuencia de un tiroteo entre un delincuente y un sargento de la Policía; aparentemente, el disparo fatal provino del arma del funcionario.

Estas perlas ponen al descubierto una realidad preocupante. Porque más allá del aumento de la delincuencia así como la particular violencia que exhiben los delincuentes, asoma la incapacidad de un organismo estatal cuya función es prevenir y reprimir el delito y dar, así, seguridad a la población. La Policía se muestra impotente e ineficaz en su tarea preventiva y, al mismo tiempo, se extralimita y comete excesos y desaciertos en la represión.

La población se halla, por un lado, expuesta a los robos, rapiñas, pungas y arrebatos diarios, y, por otro, al descontrol, impericia y brutalidad de los ciudadanos a quienes se ha confiado el mantenimiento del orden y el combate al delito.

Todos sabemos de las carencias del instituto policial. Es ya un lugar común hablar de los salarios misérrimos que perciben los policías y de las dificultades que enfrentan por no contar con infraestructura adecuada. Pero los últimos insucesos que reseñamos en esta nota dejan al desnudo otra faceta no menor: la falta de rigor en la selección del personal y, tal vez, una preparación profesional insuficiente.

De todos modos, entendemos que el problema de la inseguridad y del aumento de la delincuencia exige soluciones de fondo, soluciones estructurales que poco tienen que ver con las soluciones meramente policiales.

La Policía es absolutamente necesaria en cualquier sociedad, pero no corresponde apelar exclusivamente a ella y a sus métodos cuando de lo que se trata es de corregir males y vicios de una sociedad desestructurada.

Lo repetimos: de nada valdrá exigir mayor eficacia a la Policía en el combate al delito si al mismo tiempo no se desactiva la usina generadora de miseria, exclusión y delincuencia. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje