La falacia del proteccionismo
El designado ministro de Ganadería, José Mujica, se ha manifestado reiteradamente a favor de la protección de la industria nacional. Recientemente, el futuro ministro de Industria, Jorge Lepra, también declaró estar a favor de este tipo de medidas. Dada la relevancia que este tema tiene para todos los uruguayos, merece que lo analicemos detenidamente.
Lógicamente que decir que se quiere incentivar la producción nacional está bien visto. Todos queremos que a la industria nacional le vaya bien, como lo queremos para todos los sectores de la economía. Pero a la hora de tomar medidas, comienzan las discrepancias. Proteger a la industria nacional de la competencia extranjera, mediante aranceles o subsidios, es una mala idea, simplemente porque perjudica a la sociedad en su conjunto.
Veamos el caso de los subsidios. Supongamos que se decide promover una determinada industria, con el consiguiente gasto por parte del Estado. La industria que recibe el subsidio se ve favorecida, va a contratar más trabajadores y esos trabajadores a su vez gastarán sus ingresos dentro del país, generando un efecto multiplicador positivo. Todo eso es cierto, en principio el subsidio parece que ha mejorado la situación, pero estamos viendo sólo una parte del bosque. Mientras que hay una industria beneficiada hay muchas que se perjudican, las que le pagan el subsidio mediante sus impuestos. Estas industrias perjudicadas van a poder contratar menos trabajadores y van a producir menos. La razón por la que en general se piensa que los efectos de la protección son favorables, es que mientras que los efectos del subsidio son visibles, los de no aplicarlo no lo son. Cuando se subsidia a Calnu o a Funsa, se puede observar a los trabajadores beneficiados por tal medida, pero no se ven los puestos de trabajo destruidos gracias a los impuestos adicionales que tienen que soportar las restantes industrias, como tampoco se ve el efecto multiplicador cercenado por el producto perdido. Como dice el dicho, ojos que no ven, corazón que no siente.
El subsidio es una transferencia, hecha por el Estado, de un grupo de ciudadanos a otros. Transferencia que implica el monto del subsidio más el sobreprecio que habrá que pagar por los productos nacionales. Como ya vimos, todo esto lo único que logra es crear puestos de trabajo en un lado para perderlos en otro. Pero queda un efecto que aún no consideramos. Al haberle dado vida artificial a una industria que no era rentable, se la estamos quitando a otra que sí lo era. Gracias a los precios más caros y a los mayores impuestos, empresas que funcionaban sin problemas se verán obligadas a cerrar. La consecuencia es que el producto de la economía va a ser menor, ya que se reasignaron los recursos de una forma menos productiva. La lección es clara para todo el que la quiera ver, la protección a la industria nacional, por más lindo que suene, perjudica a la sociedad, haciéndola más pobre.
Es indignante cómo todos los días se engaña a la gente prometiéndole que se va a mejorar su situación a través de medidas que en realidad la perjudican. Ãsta ha sido la historia del Uruguay en los últimos cien años, en los que pasó de ser un país con un ingreso por habitante igual al de Europa, a ser un país más del tercer mundo. Volveremos a ser un gran país si seguimos el camino que nos llevó a ser ricos, no insistiendo machaconamente en las infinitamente refutadas ideas del proteccionismo. La mejor forma de «proteger» a la industria nacional es bajando impuestos, bajando el gasto y liberando mercados para que las tarifas bajen.
Esperemos que la sensatez le gane al populismo y el próximo gobierno no caiga en más medidas de este tipo de las que ya existen y nos ahogan. La historia, alumbrándonos desde el pasado, nos habla claro; el futuro será de la libertad, o no será. *
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